Un naufragio de película. Segunda entrega

Por Uriel Sokolowicz Porta

 

Debo confesar que tuve que pensar un tiempo considerable cómo continuar la nota precedente acerca de este naufragio. Cada aspecto de su historia es fascinante: su hundimiento, la supervivencia de los náufragos, el hallazgo del navío, su rescate y la etapa de la investigación científica. Concluí que no abordaré ninguno de estos aspectos en particular, esas historias y procesos están narrados en la película “Swift, Dos Siglos Bajo el Mar”. No creo poder superar el relato de la obra cinematográfica, que por cierto es de libre acceso a través del canal Xplorar en Youtube.

 

 

Me propuse entonces narrar hechos curiosos, anécdotas y vivencias que están por fuera de la película y que son desconocidos. Y así comencé a recordar unos de los momentos más dramáticos y significativos que aconteció durante una de las tantas campañas arqueológicas subacuáticas en el sitio del naufragio. Para contextualizar, debo describir brevemente que trabajamos a diario dentro de la zona portuaria de Puerto Deseado, sobre un pontón flotante que conforma la base de operaciones y está ubicado justo por encima de los restos arqueológicos del barco. Allí durante muchas horas al día se suceden uno tras otro los turnos de buceo para trabajar sobre la zona de excavación. Ese día en particular no comenzó como cualquier otro, ya desde un comienzo ciertas señales provocaron una atmósfera distinta entre todos los presentes del grupo de investigación. Justo antes de subirnos al bote que nos trasladaría al pontón, se nos informa que momentáneamente se encuentra restringida la navegación en el área porque está ingresando a puerto, para su desembarco, el ataúd de un marinero fallecido en alta mar. Podría ser un simple retraso pero este tipo de noticias para cualquier persona que trabaja en el mar genera momentos de profundo silencio, de respeto y reflexiones personales internas.

 

 

Finalmente se reanudó la actividad y comenzaron los turnos de buceo, la excavación subacuática y mi registro audiovisual de las tareas. Tras intensas horas de trabajo, el día comenzaba a concluir y junto a Chris Underwood haríamos un último buceo. Estábamos esperando que los arqueólogos Damián Vainstub y Mónica Grosso salgan a superficie y comenten, como es costumbre, cómo se desarrolló su trabajo, los avances, las condiciones y cualquier consideración especial para la siguiente pareja. Debo mencionar que en el turno previo al de Damián, ya se había hallado un zapato de cuero en uno de los sectores de la grilla de trabajo, por lo que su objetivo durante su inmersión era la de continuar con la excavación del objeto y su contexto. Debía hacerlo con mucho cuidado dada la fragilidad en que se encontraba la estructura del zapato.

 

 

Ya en superficie y concluido su buceo, recuerdo ver algo en Damián que no sabría cómo explicar: sus gestos y su impronta no eran las de siempre. Instantes después se nos acercó y sugirió que no bajemos a bucear, que las condiciones no eran buenas y que ya se estaba haciendo tarde. Evidentemente algo no estaba bien. Le pregunté el porqué de su preocupación, sobre todo teniendo en cuenta que esas condiciones son las de base en el lugar, donde para el que no conoce la visibilidad promedio de la ría es de 30 cm, hay fuertes corrientes y la luz no llega con facilidad a la profundidad de trabajo. Lo noté extraño e insistió en que había poca visibilidad y que el zapato estaba muy frágil. Tomamos sus sugerencias pero continuamos con los preparativos. Mi compañero de buceo era Chris Underwood, un experimentado arqueólogo y buzo británico que trabajaría en una zona alejada del zapato. Yo tendría sumo cuidado como siempre y bajo el agua si tengo algún don es el de controlar mi flotabilidad y no mover un solo músculo de mi cuerpo o equipo a menos que sea estrictamente necesario, por lo que no veía razón para no bajar. Damián continuó inquieto pero no insistió más. Bajo el agua observé el zapato, lo registré y Chris llevó adelante sus tareas, todo salió según lo planeado. Ya en la noche, cuando finalizó la jornada se me acercó Damián y me develó los hechos que dieron lugar a su preocupación. Durante su buceo, mientras excavó alrededor del zapato de cuero, comenzó a descubrir dos líneas blancas paralelas. De inmediato sus sospechas se confirmaron cuando continuó excavando y halló huesos dentro del zapato. Las líneas blancas halladas claramente eran la tibia y el peroné de una pierna y el calzado contenía en su interior huesos de un pie. Damián tenía experiencia en trabajos forenses en tierra con restos humanos, por lo que rápidamente tapó el hallazgo y dio por concluida la inmersión. Ya en superficie esperó con cautela el momento de compartirlo con sus colegas y la posterior decisión colectiva de cómo proceder ante el hallazgo. Todos siempre fueron conscientes de que podía existir la posibilidad de hallar a uno de los náufragos desaparecidos en 1770 durante el hundimiento, pero nadie esperaba vivirlo ese día.

 

 

Muchas preguntas surgieron a raíz del hallazgo. ¿A quién de los tripulantes pertenece el cuerpo hallado? ¿Qué hacía en la cámara del capitán al momento del naufragio? ¿Qué pasaría con el sitio? ¿Se declararía como tumba e imposibilitaría continuar las tareas de investigación? Todas las respuestas y nuevas anécdotas las compartiré en la próxima nota, no se la pierdan.



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