Un Naufragio de Película – Parte III

En esta última entrega de la trilogía de notas sobre la historia del buque británico Swift hundido en 1770 en la Ría Deseado, Santa Cruz - Argentina, pretendo darle un cierre a los sucesos y anécdotas relacionadas al hallazgo subacuático más significativo que aconteció.

Por: Uriel Sokolowicz Porta

 

Un rápido repaso de los hechos nos sitúa en la excavación arqueológica en un barco hundido del siglo XVIII, en el sector de la cabina del capitán. Allí el arqueólogo Damián Vainstub halló parte de los restos humanos de uno de los náufragos. Los documentos históricos demuestran que en la corbeta de guerra había 91 tripulantes, uno de ellos apareció muerto a poco tiempo de naufragar, pero dos infantes de marina nunca aparecieron, por ende, no pudieron ser rescatados como el resto de los náufragos. A raíz de esto, el equipo de investigación siempre fue consciente de que podía existir la posibilidad de hallar en algunas de las excavaciones subacuáticas a uno de los náufragos desaparecidos durante el hundimiento, pero nadie imaginó que efectivamente ocurriría.  Muchas preguntas surgieron a raíz del hallazgo. ¿Qué pasaría con el sitio arqueológico? ¿Se declararía como tumba e imposibilitaría continuar las tareas de investigación? ¿A quién de los tripulantes pertenece el cuerpo hallado? ¿Qué hacía en la cámara del capitán al momento del naufragio?

 

La noticia del hallazgo se informó de inmediato a los organismos gubernamentales pertinentes ya que se debía tomar una decisión respecto del destino de los restos humanos. A nivel internacional algunos naufragios con restos humanos son declarados oficialmente como tumbas y en consecuencia no se pueden continuar las tareas de excavación, ni de ninguna otra índole. Sin embargo este no fue el caso de la Swift, seguramente porque la muerte del soldado fue consecuencia del hundimiento accidental del barco y no producto de un acto de guerra. Finalmente, con el visto bueno de las autoridades argentinas y británicas, las tareas de excavación pudieron continuar y pronto se pudo recuperar la totalidad del esqueleto. Para intentar identificar a quién pertenecen los restos óseos hallados se recurrió a varios documentos históricos que listan a los tripulantes a bordo. Así se determinó que los restos deberían pertenecer a Robert Rusker (21) o bien a John Ballard (23), ambos eran soldados y pertenecían al cuerpo de Infantes de Marina, una fuerza militar que desde mediados del siglo XVII acostumbraba servir a bordo de las naves de guerra de la Armada Británica. La naturaleza del descubrimiento determinó que comenzaran a realizarse múltiples estudios sobre los restos, incluso la extracción de ADN, pero nada de esto pudo establecer la identidad de los restos. La búsqueda del linaje del infante de marina está plagada de obstáculos, principalmente por el paso del tiempo, ya que hay cerca de diez generaciones de por medio. También es probable que por su corta edad no haya tenido hijos y pese a contar con información sobre los lugares de nacimiento de cada uno, los pueblos ya no existen actualmente con esa denominación.

 

 

Las preguntas que quedan por resolver son: ¿Qué estaba haciendo esta persona en el momento del naufragio en donde se lo encontró́? Y ¿por qué se ahogó? Basados en los resultados de los estudios y en el contexto material que rodeaba al esqueleto en el sitio de la excavación, se presume que el soldado murió ahogado, pero no hay forma de confirmarlo sin mayor evidencia. Probablemente por la posición del cuerpo y por el contexto en que se hallaron los restos, asociados a varios baldes, el soldado estaría intentando achicar el agua de ese sector cuando ocurrió el desenlace final del hundimiento.

 

Para los científicos, y para todos los que participamos en el proceso de recuperar los restos óseos, la tarea no fue habitual ni sencilla. Interiormente nos hizo reflexionar acerca de nuestro trabajo y la vinculación humana con el soldado fallecido. En cuanto al destino de los restos del soldado inglés, estos fueron finalmente enterrados con honores militares en marzo de 2007 en el Cementerio Británico de la Chacarita. En su lápida se lee la leyenda “Infante de Marina Desconocido”, pese a que en los registros internos del cementerio está asentado que los restos pertenecen a uno de los dos soldados identificados con nombre y apellido. De todas maneras, más de dos siglos después, los restos del habitante más antiguo del cementerio descansan finalmente en paz.

 



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