Un encuentro con la inmesindad – Parte 3
Por: Juan Carlos “JUCA” Gambarotta
Este es el tercero, y último de los fragmentos, que compartiremos del libro de JUCA ¨De mochilero a Guardaparque¨.
Subimos a la canoa y comenzamos a deslizarnos por una brecha tan estrecha como ella misma, que, cortando el juncal, se internaba en aguas más profundas. Luis, erguido en la popa, hacía avanzar la embarcación con la pértiga. La vara, de unos cinco metros, bastaba para impulsarnos a través del vasto humedal, cuya profundidad nunca llegaba a ser intimidante.
Después de una hora de navegar por aquella senda abierta en la vegetación palustre, ya teníamos a bordo cuatro nutrias —coipos— y una garza colorada. Los cinco animales habían sido cazados gracias a las trampas de cepo que habíamos dejado instaladas antes de ir al boliche a vender cueros.
De pronto, Luis detuvo la canoa en un punto que a mí no me parecía distinto del resto del paisaje. Dijo simplemente: “Ayude”. Se inclinó entre las totoras y apareció la pata de un carpincho. Tomé otra y, entre los dos, alzamos al enorme roedor, depositándolo junto a mi mochila.
Un zapucay rasgó el silencio: ese grito largo y agudo que usan los hombres del estero para anunciar su presencia en medio de la inmensidad, donde incluso un hombre de pie en su canoa queda oculto tras el juncal.
Se acercaba un indio guaycurú, de unos cuarenta y cinco años, acompañado por sus dos hijas veinteañeras, muchachas bonitas, silenciosas como el agua.
El estero fue perdiendo, poco a poco, su brillo verde y celeste. La noche cayó sin luna, pero con una claridad asombrosa. Fue entonces cuando descubrí, por primera vez, cuánto pueden iluminar las estrellas en un lugar tan apartado. Los juncos se volvieron sombras negras, y las superficies libres de vegetación acuática duplicaban la luz del cielo, reflejando las miles de estrellas sobre el agua quieta. Sin viento, el espejo era perfecto: parecía que flotábamos en el espacio.
Luis, medio dormido, murmuró que se había perdido y que tendríamos que pasar la noche allí. Que a la mañana siguiente, ya sin caña que beber, se orientaría hacia su islita.
—¡Es broma! —dijo de pronto, con un raro arranque de sobriedad.
Tomó la pértiga y seguimos avanzando en la noche. Sospeché que lo hacía solo para no quedarnos quietos, pero tomé como referencia algunas estrellas frente a nosotros y comprobé que íbamos en línea recta. Dos horas después, en medio de esa noche estrellada, apareció a lo lejos una lucecita. Al acercarnos, ladró un perro: habíamos llegado.
La isla era pequeña, de unos cien metros de largo por cincuenta en su parte más ancha. Un rancho hecho enteramente de paja ocupaba el centro, rodeado por tierra pelada, algunos naranjos, un tacuaral y algo de monte. Unas gallinas y un perro chico componían toda su fauna.
Lo relatado sucedió en el invierno de 1980, muchos años antes de que Los Esteros fueran declarados área protegida.
Podés encontrar el relato completo en el libro ¨De mochilero a Guardaparque¨.