Un encuentro con la inmensidad
Relato del autor en sus épocas de mochilero intrépido que se adentró en los secretos de los Esteros del Iberá, desafiando advertencias y soportando tormentas. Una travesía donde la naturaleza y la cultura se entrelazan en un escenario único.
Por Juan Carlos Gambarotta
El 28 de mayo de 1980, poco después del amanecer, salí de Mercedes, Provincia Argentina de Corrientes. Mi próximo destino eran los Esteros del Iberá, un inmenso pantano situado en el centro-Norte de esa provincia, del que había leído algo antes de comenzar a viajar.
Si seguía por esa ruta alcanzaría un pequeño tramo del estero en la Colonia Carlos Pellegrini, pero allí había arroceras, no el estero virgen que yo quería visitar. Así que luego de hacer un tramo a dedo por la ruta 14- que no estaba pavimentada-, al llegar a un empalme pedí para bajar del vehículo que me llevaba.
Se decía que no se podía llegar por ningún camino, pero yo creía que si el que había tomado se mantenía con rumbo noroeste por unos cuantos kilómetros, me iba a acercar mucho. Solamente iba a probar, porque no encontré a nadie a quien preguntarle.
Caminé gran parte del día ahorrando agua, pese a que hacía mucho calor y el 29, al armar la carpa para pasar la noche creí estar a unos treinta kilómetros de la costa del estero. A la mañana siguiente, cuando fui a pedir agua a una estancia pregunté por los esteros y me recomendaron no seguir.
-Al estero no le va a entrar- me dijo un hombre con atuendo de gaucho, que se levantó con pereza de su silla situada a la sombra de unos naranjos.
A lo sumo lo podrá a ver desde la orilla. No siga, la gente de allí es muy brava y son cuchilleros.
-Yo también- contesté irónicamente mientras tanteaba mi machete, porque esa recomendación me pareció demasiado desalentadora. Luego de mucho calor, sed y de sufrir las correas de la mochila como nunca, el 30, al llegar a la cima de una colina se presentó ante mí la plácida belleza de ese descomunal pantano. Se me ocurrió que hasta ese momento había logrado llegar a cada uno de los lugares que me había propuesto en mi itinerario, pese a lo apartados que eran algunos. Bajé la mochila, abrí los brazos y grité: ¨¡Consigo lo que quiero!¨
El manto verde del juncal dejaba claros donde el agua brillaba -no por nada I Berá en Guaraní significa agua brillante-; cerca del horizonte se veían algunas islas boscosas de un verde mucho más oscuro que el mar donde estaban inmersas. La orilla del Estero estaba bordeada de palmares y a éstos le seguían, hacia tierra firme, grandes manchones de bosque húmedo separados por pastizales con espinillos. De los bosques cada tanto sobresalían bellísimos cañaverales de unos quince metros de altura -y luego vi- compuestos por cañas de más de diez centímetros de grosor. También abundaban enredaderas, las que sepultaban algunos sectores del bosque.
Al llegar a la orilla del Estero me di cuenta de que estaba muy crecido, porque las palmeras que había en la primera línea tenían parte de sus troncos bajo medio metro de agua. También parte del monte lo estaba y como el sol ya se ocultaría, decidí aprovechar la calma absoluta y armarla al descampado, para el otro día sí, elegir bien en qué sitio del monte permanecer unos cuantos días.
No lejos había un alambrado y con las últimas luces sobre sus postes se fueron posando varios cuervos de cabeza roja. Poco después las ranas trepadoras comenzaron a cliquear y al hacerse de noche se largó una lluvia suave que de a poco se fue haciendo más fuerte. Un trueno, otro y la extraña sensación de que había agua dentro de la carpa. Eso me extrañó, porque estaba seguro de haberla situado en el sitio más alto disponible. Pero mientras los rayos caían, me di cuenta de que no se trataba de una acumulación de agua por el microrelieve, sino que era el propio estero que estaba creciendo. Desarmé la carpa y la metí como pude en la mochila, tomé el sobre y emprendí la carrera hacia los campos más altos. Era tal la frecuencia de los rayos y relámpagos y de sus chasquidos que se sentían tan próximos, que corrí medio agachado y zigzagueando inútilmente ante cada nuevo relámpago. Hasta entonces nunca había vivido una tormenta eléctrica de tal magnitud. Estaba empapado y con carpa y sobre de dormir en las mismas condiciones, decidí ir a pedir refugio en la casita que la tarde anterior había visto cerca del camino que a esa altura era una huella. Mientras me aproximaba y comenzaba a preguntarme cómo haría para anunciarme, comenzó un viento fuerte que redobló mi decisión de ir hasta allí. No fue necesario hacer nada. Un perro que dormía bajo el alero se puso a ladrar al verme. Se encendió una lucecita y poco después salió un señor muy alto y fornido. Sin duda mi aspecto desgraciado lo hizo descartar de inmediato cualquier suposición de atentado y de inmediato me invitó a pasar. Dentro había tres jóvenes y una anciana, la que no bien me vio dijo:
– “Ahora que está mojado viene, pero ayer pasó por delante del rancho sin saludar”.
– No diga eso mamá. Dijo el hombre.
La cosa es que su atención fue extrema. El rancho era chico y había pocas camas. Pese a que me opuse, me dejaron un catre para mi y los tres muchachos durmieron apretados en otro. A la mañana siguiente mientras me convidaban con galleta y mate, intenté darles una idea de lo que era ser mochilero.