Un encuentro con la inmensidad – parte 2
Primera parte: Un encuentro con la inmensidad – Parte 1Continuación del relato que comenzó en la edición anterior, del capítulo 2 del libro de Juca “De mochilero a guardaparque”.
Por Juan Carlos Gambarotta
En el monte seguí compenetrándome con el difícil arte de formar parte de la naturaleza, lo que nunca se logra plenamente, pero era como yo quería encarar aquella acampada. No me refiero a que uno se sienta parte de ella, sino a alcanzar que los animales no alteren su comportamiento ante nuestra presencia, lo que podría tomarse como que uno ha sido aceptado. El mero contacto con la naturaleza ya me quedaba chico, pues lo venía haciendo desde hacía tiempo.
Comencé a ver guazubirás, esos pequeños y gráciles ciervos de monte tan tímidos. Tuve una pareja de ellos pastando tranquilamente a quince metros y hasta pude sentarme lentamente sin que hicieran otra cosa que levantar la cabeza unos instantes. En mis desplazamientos por el monte, muchas veces me veía obligado a gatear por lo tupido de la vegetación, lo que tenía la ventaja de no hacer ruido, ya que aparte de dividir mi peso en los cuatro miembros, me permitía eludir ramitas para evitar partirlas. Así logré buenas aproximaciones a los animales que quería ver.
En cuanto a compenetrarme con la vegetación decidí no usar el machete, así que simplemente no lo llevaba conmigo en mis incursiones, por lo que tenía que agacharme mucho y hacer desvíos para no cortar ramas o lianas. A menudo encontraba bandadas de papagayos Amazona comiendo en los árboles y siguiendo sus parloteos encontré varios naranjos dentro del bosque. Nunca comí tantas naranjas y no me hicieron mal, quizás porque el fuerte de mi dieta era el arroz.
Tres días después de la tormenta recibí la visita del señor y los muchachos, quienes trabajaban como peones en una estancia de la zona. A partir de allí lo harían más o menos cada dos días. Largos cuchillos al cinto, faja de tela a la cintura, sombreros de ala ancha, su vestimenta gaucha estaba enriquecida con unos paños a rayas muy coloridos, que a guisa de polainas, protegían el pie y la pantorrilla y que sujetaban con tientos de cuero. Me llevaban comida, más que nada carne de oveja y varias veces Baypuí, una comida que consiste en trocitos de carne con harina y aceite y otra cremosa hecha con leche y harina. Una vez me llevaron la mitad de un armadillo asado y como lo devoré, en lo sucesivo me siguieron llevando medios armadillos y hasta uno entero, hasta que les pedí que no cazaran más para mí. De todos modos se ve que quisieron hacer una prueba y un día me llevaron un armadillo vivo, ofreciéndome un cuchillo e indicándome donde debía clavárselo. ¨Va a ver que junta las manitos como pidiendo perdón¨-dijeron.
-Pero les pedí que no cazaran más para mí, ¿recuerdan?
-Es suyo, haga lo que quiera con él.
-¿Seguros? Dije y lo solté de inmediato. El tatú salió dando saltos con gran rapidez mientras los muchachos me miraban asombrados.
Un día llegaron acompañados por un muchacho al que no había visto aún. No bien nos saludamos, el más conversador dijo: ¨Él es el maestro de la escuela más cercana. ¿Le muestra esa máquina que tiene para encontrar cosas?¨
-¿Qué máquina? Yo no tengo ninguna.
Ellos me dijeron- intervino el joven maestro-, que usted tiene una máquina que sirve para encontrar algo que se le perdió, como un zapato que no encuentra. ¿Vio?
Pensé un poco y luego dije: Lo más parecido que tengo, en todo caso, sirve para ubicarme a mí mismo.
Se miraron como si yo fuera estúpido. Más que nada para salvar mi dignidad busqué la brújula y se las mostré.
-¡Esa máquina! Esa misma! – dijeron a coro mis amigos.
El maestro se desilusionó mucho al ver la casi inutilidad de aquella ¨máquina¨ una vez que les expliqué como se usaba. Después los invité a mirar con los binoculares. Dos de ellos no quisieron probar, pero uno de los peones demostró interés y se subió a un termitero que constituía una elevación de tierra de no más de treinta centímetros de alto, pretendiendo estar más cerca de un pájaro que quería ver en lo alto de un árbol. El maestro también probó y quedó claro que ambos se desilusionaron, porque no lograron dirigirlos bien a lo que se proponían ver y menos aún enfocarlos.
Pero lo que a más de uno de ellos fascinó fue el machete. No solamente elogiaron lo macizo, sino también la vaina de cuero que tenía.
-Usted tuvo suerte-me dijo el conversador. Si en vez de haber llegado a la costa del estero por Capivarí, hubiera llegado por Tacuaral le hubieran provocado para tener un duelo a cuchillo. Y a eso no se puede negar porque igual lo atraviesan en frío.
-Aunque capaz que al verlo con ese cuchillo y barbudo no se animaban- dijo otro de los muchachos.
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Yo había planeado quedarme a puro monte y bañado, pero al hacerse habituales las visitas tuve que actuar con reciprocidad porque ya daban señales de ofenderse y no quería pasar por huraño. Fue así que, decidiendo terminar una de esas visitas, saludé y abandoné el rancho de barro y aja. Eran como las cinco de la tarde y el sol no había aparecido en todo el día.
-Disculpe una última pregunta- dije a mi vecino, que en realidad vivía en un gran espinillar a varios kilómetros de donde tenía mi carpa. Ya me olvidé hacia que lado queda la huella…
¿Ve las puntas de aquellos árboles altos?- dijo- pasa a dos cuadras, por allí atrás. Vuelva cuando quiera. Increíblemente volví sin querer. El espinillar constituía un bosque abierto, y espinoso cuyo suelo estaba cubierto de pastizal. Ningún espinillo era ni mas alto ni mas grueso que los demás y debido a la nubosidad no había sombras que dieran idea de la posición del sol. Empecé a caminar. Mas derecho imposible. Una llovizna cerrada me ocultó por un momento la referencia de las puntas oscuras de los árboles altos sobresaliendo por sobre los espinillos, pero al ratito ya seguía el camino indicado, aunque pensé que para tratarse de solo doscientos metros ya era mucha la caminata. Por suerte apareció un rancho, que no recordaba estuviera por allí, pero aprovecharía para preguntar por el camino. Continué acercándome y lo encontré extrañamente familiar, pero me sentí enormemente confuso, casi diría que engañado, cuando al poder apreciarlo plenamente lo reconocí como el que acababa de dejar.
-¿Olvidó algo Carlos?
La pregunta fue de lo mas cortés, pero me sonó a burla. Esa fue la única vez en mi vida que caminé describiendo un círculo sin querer. Sabía que podía pasar en espacios llanos y en largas caminatas, pero me dolió y costó creer, que pudiera dar una vuelta tan corta y tan exageradamente cerrada. Si me hubiera desorientado de igual manera en el bosque de Tierra del Fuego, posiblemente no hubiera logrado salir nunca.
Esa noche de nuevo hubo tormenta. Estando dentro de la carpa, fui despertado por una luz intermitente que provenía del exterior. Saque la cabeza fuera de la carpa y vi una luz blanca circular que estaba como posada sobre una ramita pelada en lo alto del árbol que tenía delante. Lo reconocí como el ¨Fuego de San Telmo¨, un fenómeno que solamente se da con ciertas características de carga eléctrica en el ambiente y que se produce en objetos altos. Según había leído, se da tan pocas veces que bien puede sentirse afortunado quien lo presencie, lo que no pensé es que produjera una luz tan potente como para despertar a un apersona dormida. Lo miré por un rato, pero luego volví a cerrar la carpa porque al mantener fuera la cabeza me estaba mojando bastante. El Fuego de San Telmo continuó iluminando la carpa por un rato mas mientras yo me felicitaba por haber tenido el privilegio de verlo.
La presencia y las voces de las aves caracterizan a cada lugar. En cada uno de los sitios en los que venía acampando tuve diferentes repertorios, y aprendí que al permanecer varios días en el mismo sitio uno puede llegar a conocerlo mucho, al punto de poder pronosticar a que hora cantará determinada ave. En el Iberá lo característico eran el potente vuelo de los patos criollos, los variados cantos de las urracas de bellos ojos amarillos, el mas extraño de los cuales semejaba el chirriar de las hamacas infantiles sin aceitar, así como el parloteo de los papagayos que se desplazaban al amanecer y antes de la puesta del sol. Los potentes gritos del carao y las risotadas de la gallineta grande, eran propios del atardecer y se prolongaban hasta que desaparecía la cinta roja del crepúsculo.
Un día estaba preparando mi almuerzo en el campamento situado muy dentro del monte, cuando oí ruidos de pisadas fuertes y vi que siete personas caminaban rápidamente y medio agachadas por el borde exterior del monte, al acercarse un poco mas noté que portaban armas largas.
Pensando que eran mis amigos que venían a cazar grité:
-¡Vienen con todo eh!
Resultaron ser soldados, los que se demoraron un poco en lograr entrar al monte porque buscaron una picada de acceso sin hallarla, porque no había. Una vez que decidieron entrar de frente se vieron obligados a enlentecer la marcha y desde buena distancia comenzaron a apuntarme con sus armas en tanto seguían aproximándose medio agachados.
-¡Muchachos!- les grité. ¡Es muy imprudente caminar por acá apuntándole a alguien! ¡Miren si se tropiezan con una enredadera!
-¡Callate!- ordenó el mas gordo, y supuse que era el jefe, pues entre los militares, las barrigas prominentes suelen pertenecer a los superiores.
Mientras me apuntaban con sus siete armas a treinta centímetros de la cabeza, con esas exageradas precauciones que toman los militares con los indefensos, el gordo me lanzó una sarta de preguntas: ¨¿Quién sos? ¿Qué estás haciendo aca? ¿De que vivís?¨y otras de igual relevancia.
-Juan Carlos Gambarotta Gerona. Estoy acampando. Soy uruguayo, pero mi residencia actual es aquí mismo porque soy mochilero, tengo diecinueve años y no robé nada ni estoy prófugo. Tendré barba pero no soy comunista ni me identifico con ningún partido político.
¡Veremos! ¡Desarmá la carpa y acompañanos!
Uno de los soldados había descubierto mi machete y se había puesto a jugar a que se batía a duelo con otro…
¨¿Me lo puedo quedar sargento?- preguntó
-¡Dejate de pavadas, tiene que quedar en el destacamento! Contestó el jefe.
¿Qué? ¿perder mi machete?- dije yo- ¿Si no me lo sacaron al entrar a la Argentina porque me lo van a sacar ustedes?
-Porque esto es la República de Corrientes- dijo socarronamente el soldado.
-¡Dame tus documentos!- irrumpió el sargento, en parte para poner en orden el procedimiento.
Le tendí el pasaporte abierto en la página donde estaba el sello de entrada.
-¡Ah si! Acá reconozco la firma de Gutiérrez- dijo.
-Para mi que es la de Menéndez- dijo un soldado que miraba mi pasaporte por encima del hombro del sargento.
¡Que atorrantes! -Pensé -Se las tiran de que están reconociendo la firma de un funcionario de migración que está a mas de 3500 km! Se creen que la única entrada a la Argentina es por Paso de los Libres. Mejor lo dejo así y que no sepan que entré por Tierra del Fuego, no es momento para dar clase.
-¿A que se debe su visita?- Pregunté procurando ganar terreno.
El sargento me miró enojado, pero enseguida cambió.
Hay denuncia de que estás matrereando.
¿Matrereando yo? Miren lo que como – por casualidad ese día se me había acabado la carne que me daban y estaba cocinando arroz con saltamontes.
El sargento se apiadó de mi.
No sé qué mierda hacés acá, si querés quédate tres días mas y después te vas. Si tengo que venir otra vez te subo al camión ¿me entendés?
Ya se iban. El gordo meneaba la cabeza mientras los soldados me daban la mano uno a uno.
¡Esperen! ¿y mi machete? Díganme de que destacamento son que lo voy a ir a buscar.
¡240 Rober! – Dijo uno de los soldados y oí risitas.
Anoté 240 Rober.
¡Pereira! ¡Devuelva el machete al hombre!- ordenó el sargento, ya gran amigo mío.
Disculpen, ¿no pondrían esta carta en el correo? Es para mis padres y estando aca…
La saqué barata. Por aquellos años en Argentina- y también en Uruguay- ser subido a un camión militar solía significar desaparecer. Por otra parte, la mano que me dieron al despedirse fue franca: esa carta llegó a mis padres.
Un mes mas tarde estando en Resistencia, cuando unos amigos miraban televisión, reconocí el nombre del batallón que me habían dado ¡240 Rober era una serial de televisión! Sin duda aquel soldado se sentía identificado con ellos.
¨Algún idiota de por acá cree imposible que un hombre quiera vivir entre venados y chajáes y por eso me denunció¨-pensé no bien se fueron los soldados. ¨Eso si que es miedo a la libertad. No hay caso, las cosas que resultan nuevas, aunque no molesten suelen caer mal a la gente.¨
Decidí irme, aquella visita desbarató la compenetración que estaba logrando con aquel lugar.
A la mañana siguiente después del té desarmé la carpa. Había estado allí durante 17 días. Cargué la mochila y comencé a desandar el camino, en unas cuantas horas estaría de nuevo en la ruta esperando que frenara algún voluntario.
Al pasar frente a uno de esos almacenes infaltables aún en los lugares mas apartados de la campaña, salió un hombre flaco y vivaz y me habló en guaraní.
-Disculpe, no le entiendo- Le dije.
-Dice que lo invita a ir con él al estero -Tradujo un gaucho que estaba con un pie en el estribo para subir a su caballo.
-Te convido al estero, Añá- Ye tengo canoa- Me dijo esta vez quien había realizado la invitación.
Eran tales mis ganas de adentrarme en el estero, en el Iberá profundo, y no solamente en sus orillas como había estado hasta ahora, que no reparé en la borrachera de aquel hombre.
Luego de caminar muchísimo detrás del borracho a campo traviesa por aquel paisaje de pastizal con bosquecillos de espinillos, donde era difícil orientarse, y luego de haber pensado varias veces en volverme solo, debido a que a cada rato se detenía para dar un sorbo a su botella de caña, y cuando ya dudaba seriamente de la existencia de aquella canoa, llegamos a la orilla del estero. Era un lugar situado a varios kilómetros al suroeste de donde había estado acampando.
-Llegamos ¡iiiiiiaaaaappp!- Gritó contento Luis, que así se llamaba aquel hombre.
-¡Aaah Zapucay! Dijo felicitándose por aquel grito.
Para mi estábamos frente a un lugar cualquiera del estero y seguí desconfiando de que Luis se había desorientado, porque a pesar de tanta alegría suya el bote no se veía. Pero Luis se metió en el juncal y retirando unos mazos de juncos hizo aparecer su canoa, como le llamaba. Estaba hecha con unas pocas tablas y como era muy angosta, realmente tenía mas de canoa que de bote. Yo también me metí unos metros en el juncal. Desde donde estábamos hacia adelante y los costados se extendían los juncos, que por ser muy altos formaban una pared, dificultando la entrada a quienes quisieran comprobar la real magnitud del estero.
Subimos a la canoa y comenzamos a desplazarnos por una brecha de apenas su mismo ancho, que cortando el juncal se internaba en aguas mas profundas. Luis iba parado a popa y desde allí hacía avanzar la canoa a impulsos de pértiga. La vara tenía unos cinco metros de largo y eso era suficiente como para atravesar aquel inmenso humedal, pues no era muy profundo. A una hora de andar por esa picadita abierta en la vegetación palustre, ya había sobre la canoa cuatro nutrias (Coypos) y una garza colorada. Los cinco animales habían sido cazados dejando instaladas trampas de cepo antes de ir al boliche a vender cueros.
De pronto Luis detuvo la canoa en un sitio que para mi no era diferente de todo el entorno y dijo: ¨ayude¨. Metió una mano entre las totoras y apareció una pata de carpincho. Tomé otra pata y entre los dos alzamos aquel enorme roedor, poniéndolo junto a mi mochila.
¨Ye esconde capincho por guaycurú¨- dijo.
No le entendí, pero igual pregunté: ¿Y a este como lo cazó?
-Con chuza-contestó, mostrándome un original arpón con punta hecha de lata.
Enseguida escuchamos un Zapucay, el largo grito típico que desarrollaron los habitantes de la zona para anunciar su presencia en la inmensidad del estero y donde no siempre un hombre parado en su canoa sobresale por sobre el juncal.
-¿Sabe Zapucay?- me dijo Luis invitándome a contestar aquel anuncio.
Di uno de esos largos gritos mios y Luis me felcitó:
¡Ptei Zapucay porá! ¡Porá pucú! (¡un grito lindo! ¡lindo y largo!)
Se acercaba en su canoa un indio Guaycurú de unos 45 años que iba acompañado por sus dos hijas veinteañeras, unas muchachas bastante bonitas.
Viven en isla de allá-me dijo Luis- señalando la pequeña mancha oscura que producían sus árboles cerca del horizonte, y que contrastaba con el verde brillante imperante del juncal, y el celeste de los espejos de agua que cada tanto cruzábamos.
Él es el padre de las Mitacuñás,- dijo guiñando un ojo – ¡pero es el marido de las dos! Luego, un poco serio dijo: Dicen que mató a su mujer por quedarse con sus hijas.
Una vez que hubimos salido de la estrechez de la picada abierta en el juncal, las dos canoas comenzaron a andar en la misma dirección y tendiendo a juntarse, mientras ¨los parientes¨- así se llamaban los amigos en el estero-, comenzaron a intercambiar comentarios en guaraní.
En cierto momento, a juzgar por como se animaron las voces, pensé que habría surgido algún problema.
-¿Pasa algo Luis?
-No- contestó- Es que él quiere que yo le cambie las nutrias por una botella de caña. Dos nutrias por una botella está bien, ¡Pero cuatro! ¡Está loco!
El guaycurú destapó una botella de caña, tomó un largo trago y se la pasó a Luis. Al momento lamenté haber tenido la estupidez de haberlo seguido.
¨¡Que gil!¨- me reproché-¨ ¡Acá en medio de los Esteros del Iberá no se ve tierra firme por ningún lado y yo estoy acá con estos dos borrachos!..¨Una cosa es aprovechar las oportunidades del camino y otra es no distinguir entre algo útil y una locura como esta¨.
Estaba pensando eso cuando el guaycurú erró un traicionero botellazo a la cabeza de Luis. Pero como éste estaba un poco menos borracho, pudo dar un empujón al indio y lanzarlo fuera de la canoa.
Al instante las muchachas se pusieron bravísimas y desde ambas canoas hubo intercambio de insultos en guaraní. Nosotros comenzamos a alejarnos mientras ellas continuaban calificando a Luis de Añamembuí -hijo del Diablo-, en tanto hacían esfuerzos para levantar a su padre, quien parecía no distinguir bien entre la mata de juncos que sujetaba y la canoa a la que debía subir.
Una vez separados de esa molesta compañía, mi guía se animó mucho al reparar en que se había quedado con la botella, así que siguió bebiendo tragos hasta que con mis mejores modales le sugerí que no lo hiciera mas. Y lo hizo, pero ya no importaba mucho, porque había abandonado la pértiga y cabeceaba sentado en el fondo de la canoa.
El estero paulatinamente fue perdiendo su verde y celeste brillantes y cayó la noche. No había luna, pero sí bastante claridad. Esa fue la primera vez que me di cuenta de lo que llegan a iluminar las estrellas en lugares muy apartados. Ahora los juncos se veían negros, pero las superficies libres de plantas acuáticas duplicaban la luminosidad del ambiente debido al hermoso efecto del reflejo de los miles de estrellas en el negro del agua. Ante la ausencia total de viento el agua era un espejo del cielo y daba la impresión de que la canoa flotaba en el espacio. Luis despertó y me dijo que se había perdido, que tendríamos que pasar la noche allí y a la mañana siguiente, sin reiniciar el beberaje – por haberse acabado la caña-, se reorientaría para llegar a su islita.
-¡Es broma!- me dijo en un arranque de sobriedad. Tomó la pértiga y seguimos avanzando en la noche. Yo estaba seguro de que había recomenzado la marcha por no quedarnos quietos, pero tomé como referencia algunas estrellas que se veían delante nuestro y comprobé que andábamos en línea recta. A las dos horas de avanzar literalmente en medio de las estrellas apareció a lo lejos una lucesita. Al continuar acercándonos ladró un perro: habíamos llegado.
La isla tendría cien metros de largo por cincuenta en su parte mas ancha. Contenía un rancho hecho totalmente de paja, alrededor del cual había tierra pelada, unos naranjos y un tacuaral, aparte de algo de monte. Unas gallinas y un perro chico parecían componer toda su fauna.
Pasados los primeros momentos, la mujer de Luis se llevó al hombre dentro del rancho y entornando la puerta comenzó a gritarle en Guaraní, sin duda increpándolo por llevar a la isla a un desconocido. Pero pasado un rato, si bien la desconfianza continuó, la calma volvió a imperar y me ofreció carne de carpincho y dos tortas fritas.
Luego de comer ¨mi pariente¨ me habló del ¨Ñandú Tatá¨, una luz que se va moviendo delante de las canoas y que hace perderse a los habitantes del estero que navegan en la noche; del ¨entierro¨, una sepultura de los antiguos indios del lugar, llena de oro y plata, y que solamente podía ser encontrado por quien soñara con él y de los aparecidos que tenían algunas islas. Para darle un toque de veracidad a sus relatos, Luis me contó que había visto al ¨Ñandú Tatá¨:
¨Ye lo vi, como baila el fuego , así, hace así- y gesticulaba con un brazo pareciendo imitar los movimientos de una serpiente. Pensé que quizás se tratara de los ¨Fuegos Fatuos¨ que se producen en los pantanos debido a los gases producto de la descomposición de materia orgánica, cosa que yo nunca había visto.
Al otro día, a media mañana, luego de haber sido invitado con una torta frita, salimos en dirección Noroeste, como para atravesar el estero y dejarme en la otra orilla. Luis, ya totalmente sobrio, hablaba lo menos posible y tras el rezongo de su mujer parecía estar arrepentido de haberme llevado hasta allí. Pasamos cerca de una isla muy pequeña y al pasar por la segunda bajamos a saludar, al igual que en la de Luis, cada una tenía su rancho de paja. A saludar bajé yo, porque ¨mi pariente¨ pareció bajar solo para jactarse ante las dos personas mayores- únicos habitantes de esa islita- de la rareza que transportaba en su canoa.
¨El señor es uruguayano, solo habla Castilla- me presentó. Me pidió que me pusiera la mochila para mostrarles como se usaba y además para que fueran testigos de lo raro que era yo.
-Ha de ser cristiano- comentó la señora cuando me vio cargado.
Por el tono en que lo dijo, me pareció que mas que hacer referencia a mi posible religión, se refería a mi dudoso origen terrenal.
Al retomar la navegación a menudo teníamos muy cerca pájaros como el angú, lavanderas blancas y lavanderas negras que nos veían pasar desde sus posaderos en los juncos. Y varias veces travesamos unas telarañas de decenas de metros de largo, que estaban en la parte superior de los juncos y que albergaban miles de pequeñas arañas negras. Entonces, la canoa, la mochila y nosotros mismos, comenzábamos a ser recorridos por miles de patitas. Inmersos en ese mundo de agua, cada tanto cruzábamos ¨embalsados¨, una comunidad de vegetación flotante compuesta por plantas acuáticas, pasto y helechos entrelazados, que debíamos hundir dando pasos delante y a los costados de la canoa para poder avanzar. No bien pasábamos, el colchón que se había hundido volvía a flotar, así, la vegetación flotante se cerraba inmediatamente después de nuestro paso, haciendo imposible la reconstrucción de nuestro rumbo.
Ese día ya había viento, y vimos un islote que se movía lentamente debido al efecto de vela que generaban los arbustos que contenía.
-¿Cómo hace para no perderse aquí Luis?- ¡No hay punto de referencia! No solamente esto es puro juncos, ¡sino que además hay islitas que cambian de posición!
-Ah sí- contestó- Hay que saber. ¡Ye sabe!
Cállese- me ordenó en voz baja.-¨carimbatᨠ(sábalo)
Estábamos en una parte poco profunda, donde el agua era muy clara y transparente, viéndose perfectamente la vegetación subacuática y multitud de pequeños peces.
Tomó la chuza y se acercó lentamente a la proa, allí nomás había tres grandes sábalos que permanecían quietos, apenas ocultos entre unas Helodeas. Luis lanzó el arpón, uno de los peces se estremeció y tras arrastrar un poco el arma, apareció en la superficie panza arriba. La punta de lata, unida al asta del arpón por una fina piola lo había atravesado.
Como dije, estando sobrio mi anfitrión no era un gran conversador y yo por respetar su modalidad hablaba poco también. Pero al levantar aquel pez se puso comunicativo y sin mirarme dijo:
¨Señor, yo vivo acá hace mucho, siempre. Ye oí cosas, hace tiempo oí cosas. Dicen que hay gente que estuvo en la luna, ¿usted cree?
Me había costado mucho llegar al Iberá, pero no tenía idea de que en realidad el lugar fuera tan apartado. Sabía si que era un lugar muy importante entre otras cosas por albergar todavía ciervos de pantano- de los que yo solamente había visto sus robustas cornamentas en el rancho de Luis- por la gran cantidad de yacarés y en general por su rica fauna, pero no sabía que también vivía gente en islas increíblemente pequeñas. Gente que nace y muere en el estero, viviendo de una economía de caza, pesca y trueque (en el que siempre salían perdiendo). Gente que vive en pareja sin importar los lazos de sangre. Que no tenía claro la diferencia entre lo que es Corrientes y lo que es Argentina. ¿Pero como era posible que me hiciera esa pregunta?
La llegada del hombre a la luna, a once años de haber sucedido, fue comentada como noticia a otro señor cuando llegamos a su islita, pero delante de mí, cosa que yo pudiera asegurarlo en caso de descrédito.
Viendo lo desconcertados que estaban les tiré de la lengua.
-Se aprendió mucho con la llegada del hombre a la luna- dije-, pero lo mas importante- sonreí-es que se comprobó lo que decía Colón.
Al comprobar que me miraban expectantes seguí: Que la Tierra era redonda nomás.
¿Qué tierra sheraá? (amigo)- dijo ¨mi pariente¨.
¡Ésta, acá donde vivimos! Es redonda, es como la luna-dije.
No señor, eso no lo creo. ¡Se ve que no es redonda!
Luego de que Luis y este otro señor intercambiaran un diálogo en guaraní, Luis le recordó ¨sólo habla Castilla¨, me saludó rápidamente y se fue. A diferencia de las otras, en aquella islita el rancho y el galpón estaban rodeados de muchos bananeros. Aparte del señor, resultó haber también una señora, un niño adoptado y un anciano. El jefe de familia, si es que a ese grupito de gente se le podía llamar así, era mayor y mas comunicativo que Luis. Tuve la impresión de nuevamente no haber caído bien allí. Obviamente Luis se había arrepentido de llevarme al interior del estero, y claramente al despejársele la borrachera decidió desembarazarse de mi. Pero lo había hecho en otra isla, donde esa gente lo que menos quería era un intruso.
Yo tenía hambre y veía que pasaba de largo la hora de la cena y la comida no aparecía. Así que me acerqué a la señora y le dije:
-Señora, le ruego que no me malinterprete- en realidad no sabía si me entendería bien-, pero le doy este kilo de arroz y este paquete de fideos, pues es todo lo que tengo, por si les resulta últil.
¡Como cambiaron sus caras!- Gracias señor. De inmediato salió a la noche y regresó con una olla llena de agua del estero. Al rato comimos mis fideos con unos huesos de carpincho. En los dos días que me tuve que quedar, solamente comimos mi arroz y mis fideos, por supuesto que muy poco a la vez, a lo que se agregó algún boniato que arrancaban de la tierra poco antes y los animales que cazamos con trampas de cepo. Desde mi llegada noté que un pequeño perro no hacía mas que correr a unas pocas gallinas y me di cuenta de que estaba enloquecido de hambre.
Las trampas se colocaban para cazar nutrias (coypos), pues su piel era la moneda del estero, pero a menudo caían en ellas garzas, cigüeñas, y hasta pájaros, los cuales eran aprovechados para la alimentación.
Al otro día de llegar andábamos colocando trampas con Mané, – ¿Manuel en Guaraní?- que así se llamaba aquel hombre, cuando me pidió en voz baja que le alcanzara un palo que había en la canoa. Él no quitaba la vista de algo que tenía delante, y una vez que le alcancé el palo, se acomodó en la proa y lo descargó con fuerza sobre una maraña de juncos. Vi que una gran serpiente se retorcía mientras Mané seguía propinando palazos. Era una anaconda amarilla o curiyú y luego cazamos otra a muy corta distancia, ambas de la misma longitud, aproximadamente un metro y medio.
No bien llegamos de vuelta a la islita Mané se puso a cuerear una de ellas, observé que a cada lado de la cloaca tenían una gran uña curva, vestigio de los miembros posteriores que tuvieron sus ancestros millones de años atrás.
-Mané ¿Cuánto le darán por cada cuero?
-Y… si los estiro bien…si los vendo bien…si paga bien ese Añá son como quinientos cada uno.
Yo cuereé la otra, terminada la obra, miré el gran cuero extendido. ¨No sé para qué lo quiero, pero un pedazo en la tapa de la mochila podría quedar bien¨, se me ocurrió.
-Yo le compro uno Mané.
Quizás el dinero que le daba era mucho, como cuatro veces lo que con suerte le darían por e
él en el mundo exterior, quizás se lo bebiera en un día, pero no le iba a pedir cambio y este hombre bien se merecía una propina.
-Ya que falta comida, ¿porqué no comemos a la curiyú? -sugerí.
-¡No! ¡Mboy (serpiente) no se come!
-¡Se come si, yo ya comí hasta crucera! – comenté.
Las cruceras son unas temidas serpientes venenosas. Por la forma como me miró, tuve la impresión de que al admitir que había comido una víbora venenosa y seguir vivo, demostraba no ser un ser normal. Recordé la alusión que hiciera la anciana sobre mi origen. Acababa de echar por tierra la confianza que me había ganado. Desde entonces su conducta hacia mi cambió. ¨Si, ese hombre no es normal¨-sentía que pensaban.
Ahora tenía una nueva perspectiva del estero. Había cruzado un par de grandes lagunas interiores, había estado en varias de las islitas y conocido a sus pobladores. ¨Esta gente vive como indios- me dije- prácticamente de la caza y de la pesca…pero los hombres que conocí son alcohólicos, no tienen claro donde viven y su forma de vida es muy depredadora. Encuentro raro que dependiendo tanto de los recursos naturales del estero no los cuiden. Un día se comieron dos pichones de chajá…y otra vez Mané tomó los huevos de un nido de macá grande y con la trampa cazó a uno de los progenitores. No, no creo que sean como indios, mas bien son como la humanidad en su conjunto, que no cuida nada.¨
La segunda noche acepté entrar al rancho, porque la primera había pasado un poco de frío. Extendí el sobre en el único lugar disponible en aquel suelo de tierra, a una distancia razonablemente apartada de los escupitajos que cada tanto lanzaba desde su catre el anciano. Cada tanto con satisfacción oía que alguna de sus escupidas caía a cierta distancia de mi, ¡pero a media noche fui despertado por el impacto de una de sus expectoraciones que cayó justo sobre mi nariz!
A la mañana siguiente (20 de junio) Mané decidió deshacerse de mi – lo cual ya era hora- y dijo tener que colocar sus trampas mas lejos, lo cual sin duda era necesario, porque supuse que ya se habrían cazado todos los animales de los alrededores. Pasamos por un sitio donde abundaban los pájaros, y aparte de los que ya había observado, los minúsculos siete colores de laguna, joyitas del pantano, pasaron en fugaz vuelo varias veces delante nuestro, posándose luego en la parte baja de los juncos, desde donde nos observaban pasar. Cinco federales, grandes, negros y de cabeza y pecho color fuego, nos sobrevolaron un momento espantados por nuestro paso en tanto lanzaban sus muy agradables y graves trinos.
A las tres horas de andar a pértiga sin colocar ningún atrampa, pude ver a lo lejos las primeras vacas, apenas unas manchitas marrones y blancas. Mané me dejó cerca del puesto de una estancia. Esta costa del estero carecía de monte, así como de palmar, y el juncal llegaba hasta una pradera muy pastoreada. No tenía el encanto del paraje Capivarí.
Para que el cuero de la anaconda pudiera seguir secándose, lo até a la mochila e iba flameando detrás mío, lo que sin duda me confería una silueta muy particular. Tal como sucede siempre cuando las vacas no están acostumbradas a ver gente de a pie, y mucho menos al jorobado con cola larga que yo debería parecer, comenzaron a trotar en mi dirección y era tal su curiosidad que de a poco comenzaron a rodearme para salir en estampida cuando yo ya las tenía muy cerca. La recomendación de Mané era llegar hasta el puesto de una estancia que se veía a lo lejos como una pequeña casita blanca. Las vacas, que eran unas cuantas decenas, estaban cada vez mas atrevidas y justo cuando comenzaba a preocuparme un poco, por no haber por allí ni un solo espinillo que me ofreciera refugio, apareció un peón a caballo y me escoltó hasta el puesto. Allí ensilló otro caballo para acompañarme hasta el casco principal de la estancia. No bien llegué el capataz entró a la enorme despensa que tenía la estancia y me regaló una generosa tira de asado. Es posible que al no conocerme lo haya hecho mas que nada para evitar que yo me tentara de carnear una oveja para comer, pero sea como sea me dio la posibilidad de hacer algo nuevo en mi periplo: hacer un alto ya cerca del mediodía y hacer un asado en compañía de mis grandes amigos : el campo y el camino.
Trajo dos pichones de maca grande y dos curiyus de 1,5 m. estancia me dieron carne.
Asunción el 26 de junio del 80