Un encuentro a las orillas del mar

Un encuentro a las orillas del mar

Explorar un faro histórico abandonado, bucear en un sitio inhóspito y salvaje, atravesar un bosque subacuático inexplorado y como corolario tener un encuentro cara a cara con un elefante marino de 900 kilos y casi 3 metros de largo, sin duda se transformó en una experiencia memorable.

 

Por Uriel Sokolowicz Porta

 

Durante el pasado mes de noviembre, formé parte de una expedición científica de la fundación Por el Mar (PEM) en aguas de Puerto Deseado, Santa Cruz, Argentina. Los objetivos involucraban el estudio de la densidad de algas pardas formadoras de bosque y caracterizar la comunidad bentónica que habita el ecosistema de bosques de macroalgas en aguas de la costa norte de dicha ciudad. Con días alternados de buenas condiciones en cuanto a visibilidad para el buceo y viento para la navegación, fuimos desarrollando las tareas asignadas con éxito. Sabíamos que si algún día se nos presentaba demasiado ventoso para navegar y trabajar en dicha área, pondríamos en práctica el plan alternativo. El mismo consistía en viajar hasta Cabo Blanco y hacer un buceo exploratorio en el bosque de macroalgas que allí se observa desde superficie. Y hacia allí nos dirigimos cuando la naturaleza del viento patagónico lo dispuso.

 

La Reserva Provincial Cabo Blanco, está a unos 90 kilómetros de Puerto Deseado y es un zona declarada como área protegida. Se destaca geográficamente por los afloramientos rocosos que se elevan sobre la costa alcanzando una altura de 40 metros y que unidos por un istmo forman dos caletas. Sobre la parte más elevada del acantilado rocoso se distingue un antiguo faro, inaugurado en 1917. A su lado, una casa habitación fue durante muchas décadas el hogar de fareros que vivieron en aislamiento extremo, luego el faro se automatizó y ya no fue necesaria la presencia humana.

 

El cabo tuvo su primer denominación en la lengua del pueblo Tehuelche como “Yenk Aike” (vigía del mar), y luego recibió su nombre actual de los navegantes españoles del siglo XVI, más precisamente durante la expedición de Magallanes de 1520, donde se lo bautizó Cabo Blanco. Su nombre surgió al observar, desde el mar, el color blanco predominante de las piedras del cabo que estaban cubiertas de guano de aves.

 

Luego de merodear las inmediaciones del faro, apreciar la variedad de aves marinas, la colonia de lobos marinos y explorar el afloramiento rocoso, llegó el turno de la inmersión en las frías aguas de una de las caletas. Hacer un primer relevamiento del bosque de algas era el objetivo principal, nadie de los presentes había buceado en las inmediaciones del Cabo y por ende tampoco en esta bahía. Tenía referencias de fuertes corrientes que han arrastrado a experimentados buzos mar adentro en la punta de esa caleta, por lo que la prudencia era algo que rondaba mi mente antes de ingresar. Las condiciones eran buenas, la marea estaba creciendo y cercana a la estoa (momento en que la corriente asociada a la marea se detiene). Éramos dos parejas de buzos, por un lado la bióloga Carolina Pantano junto a Sebastián García y en mi caso, hacía dupla con la bióloga deseadense Paula Dufourg. Atravesamos un bosque distinto a lo habitual, una disposición alternada de sustrato duro y blando creaba formas del bosque que no había visto en otros sitios. Un paisaje singular que acobijaba como es habitual mucha vida marina, sobre todo invertebrados, donde los caracoles y cangrejos eran los principales protagonistas.

 

Al finalizar la inmersión, comenzamos a quitarnos las aletas con el agua por la cintura, para luego salir caminando por la orilla. Ahí pude intercambiar las primeras palabras con mi compañera Paula, quien me confiesa con una sonrisa inmensa en su rostro que este fue su primer buceo en un bosque de algas, uno de sus sueños pendientes. La felicidad se evidenciaba en sus facciones claramente, pero lo más grandioso que se podía percibir era su estado emocional, era evidente su agradecimiento a la vida, al mar, al bosque, a las criaturas sumergidas que observamos y su humildad ante la naturaleza que nos rodeaba. Debo confesar que me sentí sumamente honrado y afortunado de compartir junto con ella toda esta experiencia en el mar.

 

 

EL ENCUENTRO

La naturaleza en ocasiones te permite apreciar y vivir momentos especiales, como el descripto previamente, pero Cabo Blanco y su bahía encantada tenía un último mensaje para darnos. Ya en la orilla, mis compañeros se habían quitado el equipo de buceo, yo por el contrario lo dejé colocado por unos minutos más, esos breves instantes en donde uno busca readaptarse, acomodando el cuerpo y el alma nuevamente a la gravedad de la tierra. En el momento que me resigno a caminar hacia los vehículos para quitarme el equipo, escucho que uno de los compañeros advierte la presencia de un elefante marino. Pensé que lo vería a lo lejos al mirar sobre el mar, pero estaba allí mismo en la orilla, con el agua tapando apenas su enorme volumen corporal. Nos miraba muy curioso y se quedaba allí. No parecía estar lastimado, perdido o en situación de estrés, por lo que decidí volver al agua y aceptar la invitación de su mirada. Entré al mar y me quedé quieto observando su reacción. Me ubiqué a un costado y le dejé el paso libre hacia mar abierto, de esta manera el encuentro podía concluir en cuanto el elefante marino lo dispusiera.

 

Ya había tenido encuentros previos con estas criaturas durante buceos en aguas de la península Antártica, pero todos breves. En este caso, la curiosidad y las ganas de reconocernos mutuamente en este rincón remoto de la Patagonia se estableció de forma muy natural y espontánea. Así fue que nos observábamos a la distancia, unos 10 metros nos separaban al inicio, pero luego esa distancia fue decreciendo lentamente. Este inmenso mamífero marino de 900 kilos y casi 3 metros de largo se fue acercando de forma delicada, metro a metro, centímetro a centímetro, hasta quedar cara a cara conmigo. Nos conectamos y curioseamos por unos minutos, inmersos cada uno en su mundo de pensamientos. Esos breves instantes que son eternos, que adquieren otra dimensión en el espacio temporal que vivimos a diario.

 

 

Creo imaginar que durante nuestro encuentro, ambos animales sentimos emociones parecidas. Reflexionar sobre ellas, intentar entenderlas y expresarlas en palabras es algo que siento desnaturaliza el momento. De todos modos, el desafío de compartir experiencias con otros implica elegir palabras, emociones y frases. Así que si tuviese que transmitir qué ocurrió allí, entre un elefante marino y un humano, en un lugar remoto y salvaje de la Patagonia, diría que fue un hermoso encuentro donde la mezcla de emociones como la curiosidad, el miedo, la valentía y la necesidad ancestral de vincularse a otros se hizo presente de forma sana y natural. Sin dudas, una nueva experiencia que atesoraré por siempre en mi memoria.

 

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