Un colectivo consciente

Un colectivo consciente

Ante las emergencias, la comunidad también hace política respondiendo.

 

Por María Sofía Muratore        

 

A finales del mes de enero, se celebró el Foro Económico Mundial de Davos 2025, en el que el cambio climático fue, una vez más, tema de agenda. El 2024 se registró como el año más caluroso de la historia, lo que llevó a consecuencias climáticas extremas: incendios forestales, huracanes, lluvias devastadoras, que tuvieron impactos negativos en comunidades, destrozaron biomas y faunas, y afectaron economías emergentes. Se estima que el calor extremo se tangibiliza en 489.000 muertes anuales, lo que puede conllevar a pérdidas económicas de hasta 2,4 billones de dólares en productividad anual y 445.000 millones de dólares en activos fijos para las empresas que cotizan en bolsa de aquí a 2035.

 

Por otro lado, el Informe de Riesgos Globales 2025, expuesto en Davos, destacó que los eventos meteorológicos se posicionan como el segundo riesgo más grave a corto plazo, y el principal a largo plazo, reflejando la creciente preocupación por su impacto en la estabilidad global. A su vez, señala que el colapso de los ecosistemas se encuentra entre los principales riesgos de larga proyección, reivindicando la necesidad de una acción colectiva. Es que estos riesgos no solo amenazan la estabilidad ecológica, sino que también tienen implicaciones económicas y sociales significativas, profundizando las desigualdades, y poniendo en peligro la seguridad alimentaria y los medios de vida de millones de personas.

 

Ante el panorama desalentador, se escucharon fuertes críticas del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, a las instituciones financieras que han decidido abandonar sus compromisos climáticos; y en segunda instancia, aquellas organizaciones que en mayor o menor instancia, siguen demostrando dependencia de los combustibles fósiles.

 

En segundo lugar, el cambio de gobierno en Estados Unidos, la reelección de Donald Trump, y sus intenciones de retirar a EE.UU. del Acuerdo de París, simbolizó un nuevo debate sobre dónde las instituciones públicas y privadas, deben establecer sus esfuerzos, dejando de lado la diversidad de posturas. En correlación, se habló de que la COP30, que se celebrará en Brasil, tiene la necesidad de que la comunidad internacional, y los distintos sectores trabajen urgente para establecer compromisos más ambiciosos para mitigar el cambio climático, siendo capaces de consensuar, a pesar de las diferencias, para evitar consecuencias irreversibles en el planeta, y garantizar un futuro sostenible para las próximas generaciones.

 

 

La ciudadanía como parte de la solución

Ya estamos entrados en 2025 y los diversos acontecimientos del año pasado (y el actual, con lo que acontece en la Patagonia Argentina y los incendios forestales desatados, aún ocurriendo al cierre de esta edición) ha dejado en evidencia la resiliencia y solidaridad de la sociedad para responder ante catástrofes ambientales.

 

En noviembre de 2024, el huracán Rafael impactó el Caribe, provocando inundaciones y deslizamientos de tierra en países como Panamá, Costa Rica y Jamaica. En Panamá, más de 3.000 personas resultaron damnificadas, en Costa Rica se registraron altas crecidas de los ríos; en Jamaica hubo que aislar poblaciones rurales. Si bien la comunidad internacional contribuyó de forma veloz, y con ayuda humanitaria y equipos de rescate, la misma población fue esencial para responder a los incidentes.

 

En paralelo, del otro lado del océano, al mismo momento, la Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) revolucionó radicalmente a la comunidad valenciana en España, generando inundaciones devastadoras que resultaron en la pérdida de más de 200 vidas y daños significativos en infraestructuras, patrimonio cultural y, en definitiva, en los modos de vivir, ante una paralización absoluta de la vida cotidiana y “normal” de la sociedad. La acción de los vecinos fue la solución para actuar de forma rápida. Personas de toda España viajaron para limpiar casas, calles, y resolver lo urgente,  donde entidades públicas aún no llegaban. La comunidad se movilizó para establecer diversas campañas de donaciones, que poco a poco iban respondiendo a las necesidades.

 

Pero, ¿por qué es necesario que la sociedad civil se involucre? ¿No alcanza con que se encargue el Estado? Isidro Blanco, Coordinador de Incidencia Política de Consciente Colectivo, organización que surge en la pandemia para luchar por la justicia social, explica que estamos en una transición hacia revalorizar lo importante: “Estamos integrados a la naturaleza en el sentido más común de la vida. Los alimentos que comemos provienen de la naturaleza, provienen de la tierra, el agua que necesitamos, que es vital para la vida; necesitamos que esté en buen estado y que no esté contaminada. El aire que respiramos, el oxígeno que hay en el ambiente, depende de la fotosíntesis que hacen las plantas, y también de la dinámica de los océanos.. ¿Qué quiero decir con esto? Si destruimos todas esas condiciones, estamos destruyendo nuestras propias condiciones de vida. Por eso, es esencial entender que debemos cuidar y proteger de la naturaleza”. Al mismo tiempo, se auto refuta señalando, que si bien estamos trabajando hacia un cambio de mirada, también nos falta empatía, y nuestras acciones hacen que “de alguna manera nos estemos matando entre nosotros mismos”.

 

Isidro Blanco, Coordinador de Incidencia Política de Consciente Colectivo

 

Tobías Merlo, Director y fundador de Reforestarg, tiene su mirada al respecto y le adjudica al ser humano el rol de “administrador del planeta”: la ciudadanía es un protagonista. “Está el discurso de que si la humanidad no estuviese, ¿qué pasaría? Bueno, que la naturaleza se regenera.  Pero el ser humano está y va a seguir estando. Entonces, la corriente de que no tiene que estar, o de que es lo peor que le pasó al planeta, es totalmente ciego, que no entiende de la evolución de la especie en conjunto con el planeta”.

 

Tobías Merlo, Director y fundador de Reforestarg

 

 

 

Somos lo que hacemos

A comienzos de año, un devastador terremoto de magnitud 6,8 sacudió la región del Tíbet en China, resultando en al menos 126 fallecidos, 188 heridos y más de 30.000 evacuados. En paralelo, California, Estados Unidos, sufrió uno de los mayores incendios forestales, afectando a una sociedad entera… Pero, ¿quién fue esencial para ayudar a los damnificados del terremoto, o combatir las llamas en la costa oeste de Estados Unidos? La comunidad de ambos lugares. De hecho, estamos siendo testigos de ello ante la situación de los incendios forestales que aún permanecen encendidos en varias zonas de la Patagonia Argentina, habiendo ya arrasado más de 48.000 hectáreas. Ante un contexto de desmantelamiento del aparato estatal para la prevención y manejo del fuego, la sociedad respondió en forma de brigadas autogestivas, organización de vecinos voluntarios para proveer de alimentos, ropa y calzado para los brigadistas, elementos de higiene, agua, alimentos, medicamentos, entre otros. “Cuando ya se creó la emergencia, los que pueden hacer son los profesionales. Podemos acompañar las organizaciones, recaudar fondos para apoyar a quienes están frente al fuego combatiendo. Pero la realidad es que el gran trabajo es antes de la emergencia climática y es transformar”, señala Tobías.

 

El mundo está integrado por instituciones que son lideradas, y promovidas por personas, entonces, los mismos ciudadanos somos contribuyentes a muchas de las consecuencias ambientales negativas. Lucila Rodríguez-Alarcón , Directora de Por Causa, organización sin fines de lucro que trabaja en temas de justicia social, derechos humanos y ayuda humanitaria, explica: “Existir es un acto político. Cada cosa que hacemos en la vida constituye un acto político. La política es aquello que ayuda a construir el espacio, el orden social en donde nos encontramos. Todo lo que se hace, o se deja de hacer, configura el espacio, el marco social en donde nos movemos”.

 

Lucila Rodríguez-Alarcón , Directora de Por Causa

 

Es verdad, explica Isidro, que las comunidades suelen tener un rol de activistas, y exigir a los gobiernos, pero esa solicitud se suele realizar cuando el daño está hecho. “Muchas veces el pedido es una acción urgente. Se solicita una acción que esté a la altura de las circunstancias, no parches, sino soluciones profundas que ataquen directamente a la raíz del problema a través de un abordaje sistémico de la situación”.

 

 

Cambiar narrativas para la acción

Para lograr que la sociedad sea un agente de cambio, que se adelante a los hechos,  es necesario revisar los mecanismos y percepción de la información. Lucila explica que para Por causa, fue esencial comprender el consumo, y cambiar el foco.  “El punto vital ha sido entender que las personas tienen una capacidad limitada de absorber problemas. Las personas están decidiendo dejar de consumir información por la sobrecarga. Por eso, es importante  aprender a contar las historias de otra forma, para que las personas puedan acercarse a estas temáticas. De modo que nosotros, lo que hemos hecho, es cambiar los enfoques y cambiar los relatos”.

 

Luego, agrega que consumir información y difundirla es una forma muy potente de luchar contra la impunidad. “El saber lo que sucede y ser capaz de tener una visión crítica es el principio, y en segundo lugar responsabilizarse”. La narrativa debiese ayudar para demostrarle al individuo que debe involucrarse para cambiar las cosas, actuar antes de que el daño esté hecho. Sino, se cae siempre en exigir: al Estado, a las empresas, etc. Tobías concluye: “Pero no es holístico, no es una resolución completa. Sí lo es tener una expansión de conciencia y asumir como humanidad que somos nosotros, las personas comunes, los que podemos resolver o podemos causar males en el planeta. Los gobiernos y las empresas son humanos, entonces es a la humanidad a la que le falta todavía evolucionar un poco más para dejar de hacer mal. Pero ese es el camino difícil y en general es el que más cuesta elegir”.

 

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