Turismo en Áreas Protegidas

Una herramienta que, como todas, hay que aprender a utilizar. La recreación en la naturaleza no necesariamente se traduce en interés por conservarla.

 

Por Juan Carlos Gambarotta

Cada día hay más propuestas de turismo y recreación que se desarrollan dentro de áreas protegidas. Lo bueno de eso es que tal tendencia, sin lugar a dudas, se debe a que hay un creciente número de personas que desean tener vivencias en espacios naturales. Sin embargo, esa realidad también tiene otra cara. ¿Por qué puede haber algún problema con eso? ¿No dicen que no se aprecia lo que no se conoce, o lo que no nos sirve desde algún punto de vista? ¿Acaso generar propuestas de visita a las áreas protegidas no implica dar oportunidades de conocerlas? Cierto, pero el asunto es que muchas personas simplemente buscan recrearse en espacios naturales y eso, de por sí, no siempre implica preocupación por su conservación. En algunos casos, el ambiente natural simplemente es considerado como la pista donde desarrollar una actividad física. Eso es evidente en algunas competencias deportivas, sobre todo las de resistencia, durante las cuales, el paso de muchos competidores deteriora senderos en pocas horas.

 

Sea como sea, la autoridad del sitio, ya sea de un área protegida estatal, o el propietario del campo si fuera privado, debería asegurar que la promoción de cualquier actividad que se haga dentro del sitio contará, previo a su apertura, con un estudio de capacidad de carga. Y ésta, una vez definida, debería ser respetada a rajatabla. Para definir la capacidad de carga de un sitio hay que considerar múltiples aspectos: del suelo, relieve, clima, fauna, de flora, si habría infraestructura, número y calidad de guías, accesos, medios de transporte, alojamiento, etc. Y cosa muy importante: ante todo, pensar bien qué tipo de experiencia se quiere ofrecer. ¿Queremos ofrecer una experiencia tan natural que los participantes se compenetren con la naturaleza, al punto de que podrían sentir que son los primeros en llegar al sitio? ¿O una experiencia masificada, durante la cual se considere suficiente ver el atractivo, no importando el ruido imperante o el hacinamiento de los participantes, e incluso el respeto a los animales que se observan?

 

Sabemos de los impactos positivos del turismo. Actualmente es la mayor industria que existe, siendo reconocido que es la que presenta mayor derrame de beneficios económicos; pero el turismo de sol y playa, en mayor o menor grado, contamina y produce profundas modificaciones en el ambiente. Así que debemos velar por que no suceda lo mismo con el ecoturismo, y la única manera de asegurar la sostenibilidad de las actividades recreativas y turísticas en la naturaleza es monitoreando sus impactos. Por suerte, abundan los casos en que el buen manejo, y si vamos a ser totalmente francos, también debido al acostumbramiento de los animales que son objeto de las visitas, brinda resultados positivos. Muchas veces, ante la afluencia de turistas, los animales terminan habituándose a los grupos de personas al notar que no se los pretende dañar. En tales casos, es más fácil verlos que en sitios donde no hay visitas, ya sea porque en estos últimos se los caza, o porque se apartan a la primera señal del ser humano. Eso permite que hoy en día, habiendo a nivel mundial muchos menos animales silvestres que hace cincuenta años, dentro de muchas áreas protegidas sea más fácil verlos que en el pasado reciente.

 

Fotos: leona casi totalmente rodeada por vehículos. Reserva Massai Mara, Kenia.

Y la de la carpa: Quizás esta foto represente el ideal de turismo en la naturaleza: Intimidad, compenetración con el ambiente y tiempo para estar en él.



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