Tras las Huellas de los Constructores Mayas

En este corazón de la selva, el Parque Nacional Tikal, en Guatemala, donde la naturaleza aún resiste frente al avance del hombre, el pasado y el presente se entrelazan en un escenario de belleza y misterio.

 

Texto y fotos Juan Carlos Gambarotta

 

Cae la tarde en Tikal… La vista es amplia desde lo alto de la hermosa mole piramidal que los arqueólogos frívolamente han dado en llamar “Templo número cuatro”

 

El templo es el centro del mundo. El tiempo se ha detenido. La selva, esa diosa verde cuyo imperio se desgasta día a día, no se ha enterado aún del combate que va perdiendo y que se libra unos cuantos kilómetros más adelante, lejos del horizonte, lejos de la realidad del Centro del Mundo.

 

Un grupo de monos aulladores saluda con rugidos muy potentes al día que se va, tal como lo han hecho mil generaciones de aulladores en este mismo lugar. Los tres templos cercanos asoman por encima de la selva, contribuyendo a construir la escena selvática más espectacular.

 

Ahora, una nube solitaria lanza su lluvia, permitiendo la existencia de un arcoíris. Nada hubiera podido mejorar ese paisaje.

 

Paz. Esto es la razón de la vida. ¿Cómo hay tanta gente que no lo entiende?

 

Los misteriosos templos piramidales han sobrevivido a sus constructores. Dentro de un tiempo, no importa cuánto, habrá otros seres paseándose entre los muchos edificios que dejará nuestra civilización, que quizás como la de los Mayas, creyó que duraría para siempre.

 

Estando en el área del “Palacio de las Acanaladuras”, el guardaparque que me acompañaba tomó una barra de hierro y desclavó las tablas que cerraban la entrada de un misterioso pasadizo que fue descubierto en 1975 y que pertenece al período Maya clásico temprano. Los pasadizos, que en total conforman cinco kilómetros de recorridos subterráneos, se encontraban cerrados al público ya que son sumamente delicados.

 

Ingresamos. Afuera, la humedad de la selva. Adentro, un aire desconcertantemente seco.

 

Al quitarse las tablas, la luz penetró los dos primeros metros, pero enseguida, la estrechez del túnel hizo que nuestros propios cuerpos impidieran su paso y comenzamos a depender de nuestras linternas. Comencé a sentir una sensación ambigua: uno sabía estar ingresando a un túnel de mil años y tenía cierta conciencia de ser un profanador, pero el buen estado y la “terminación” de las paredes, de un revoque muy fino y de color claro, más la ausencia de olor a humedad, lo hacían parecer muy nuevo. En algunas partes lamentablemente, las raicillas de los árboles de la selva que teníamos encima comenzaban a deteriorar el milenario revoque del techo y las paredes. A lo largo de éstas, había abundantes pinturas y también máscaras en relieve bastante grandes, de las que salían alas, y mantenían su color rojo lacre original.

 

En cierto punto llegamos ante una cosa que pese a su sencillez me resultó más interesante que muchas de las manifestaciones de arte y arquitectura que había visto en las ruinas durante los últimos días: la impresión en barro de tres manos izquierdas rodeadas por un círculo. Esa impresión en barro parecía haber sido hecha la semana anterior, pero se estima que constituye “las firmas” de los constructores Mayas. ¿Cómo no se ha descascarado ese barro tras tantos cientos de años de haber sido estampado allí? Hay milenarias impresiones de manos en todos los continentes, y es esperable encontrarlas en cuevas y paredes rocosas, pero el encontrarlas estampadas en una obra de ingeniería como lo es un túnel que une espectaculares templos es un inesperado contraste por su humildad.



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