Sagrada Pachamama

Sagrada Pachamama

El reencuentro desde las neuronas del corazón

Por: René Calpanchay, abuelo del Pueblo Atacama, pastor de llamas, especialista en seguridad, emprendedor y líder natural de la Puna de los Salares.

Para los hombres y las mujeres de la Puna de los Salares, agosto es el tiempo sagrado de la Pachamama: es el instante en que el aliento de la Tierra y el nuestro se reconocen en un solo palpitar. No es un renglón en el calendario ni un mero mes de festejo folclórico.

Durante demasiado tiempo se nos ha enseñado a mirar a la Madre Tierra como suelo, materia o como un simple recurso que se compra, se vende o se explota. Pero la Pachamama no es eso. La Pachamama es el TODO (materia y energía): el origen que nos cobija, el presente que nos sostiene y el futuro que heredarán las nuevas generaciones. Como seres humanos, no somos sus dueños, sino parte de ella; somos apenas una hebra más en su sagrado tejido de vida.

De la cabeza al corazón: la semilla del “Siento, luego existo”

La modernidad nos legó la célebre premisa de René Descartes: “Pienso, luego existo”. Ese desarrollo intelectual puro abrió la puerta a la ciencia y la tecnología, pero en el camino olvidamos los miles de años de sabiduría ancestral (14.000 años en nuestra región) que mantuvieron a la humanidad en armonía. Colocamos todo en la razón y nos aislamos del sentir.

Hoy, la vida nos pide hacer un alto y activar las neuronas del corazón: esa intuición profunda con la que en la Puna de los Salares sentimos y valoramos los mensajes naturales de los cerros, el viento, las nubes, el sol, la luna, las estrellas, la vertiente, los animales, las plantas y toda la energía espiritual que da lugar al “ser, al estar y al hacer”. No basta con el análisis frío; necesitamos recuperar el sentipensar para seguir existiendo como especie.

Si solo pensamos con la mente racional, caemos en un modelo egosistémico, organizado en torno al control, el poder, la acumulación y la separación de la naturaleza. Cuando sentimos desde el centro del pecho, en cambio, transitamos hacia un modelo ecosistémico, que parte del sentir y del sentipensar, y se sostiene en la armonía, el respeto, la confianza y la conciencia de formar parte del TODO, de esa gran red de vida.

Un diálogo entre la Puna y las voces del mundo

Esta mirada sencilla de un pastor de llamas que camina entre los campos, las peñas y los salares no está aislada, sino que dialoga de forma natural con referentes éticos y pensadores contemporáneos que han advertido los límites del desarrollo actual.

Arturo Escobar, desde Sentipensar con la Tierra, nos permite comprender que no se puede reflexionar sobre la vida al margen de los territorios y las comunidades. En esa misma línea, Leonardo Boff y la Carta de la Tierra nos recuerdan la urgencia de asumir una ecología integral en la que el cuidado de la naturaleza y el de las personas más vulnerables formen parte de una misma causa.

Bernardo Toro, desde el paradigma de la ética del cuidado, advierte que, si no aprendemos a cuidar lo que nos rodea, no habrá futuro posible. A esta reflexión se suma Bernardo Kliksberg, quien destaca el valor inestimable de la confianza, la solidaridad y los valores culturales para construir un desarrollo con rostro humano. El legado de Nelson Mandela nos enseña, además, que las transformaciones profundas no nacen del resentimiento, sino de la capacidad de tender puentes, perdonar y construir consensos incluso con quienes piensan distinto, poniendo siempre por delante la dignidad humana y el propósito común.

Por su parte, Pedro Tarak y el Movimiento B nos invitan a reimaginar la economía y el rol del mercado, no como fines en sí mismos, sino como herramientas al servicio del bienestar colectivo y la regeneración de la Tierra. Desde esta perspectiva, el verdadero éxito de una empresa se mide por el valor social, cultural y ambiental que genera en su territorio.

Frente al diagnóstico del historiador Yuval Noah Harari sobre los posibles rumbos o el fin del Homo sapiens, el camino no es la desesperanza ni la confrontación. La salida radica en regenerarnos juntos y en “cambiar la forma en que producimos, consumimos, convivimos y le damos sentido a la existencia”.

Como abuelo atacameño que camina la Puna y escucha la sabiduría del viento y de nuestros ancestros, veo con claridad que estas voces globales no son ajenas a nuestra cosmovisión. Hablan el mismo idioma que la Pachamama nos ha enseñado siempre: la interconexión, la reciprocidad y la certeza de que nadie se salva solo. No se trata de volver al pasado, sino de proyectar desde nuestras raíces un futuro donde la técnica, la economía y la política vuelvan a tener corazón, sentido comunitario y respeto a la vida.

Regenerar de adentro hacia afuera

Los cambios verdaderos no se producen de afuera hacia adentro mediante discursos violentos o imposiciones ideológicas. Esas lógicas extremas suelen convertirlo todo en lucha y controversia: generan relatos, pero no transforman la realidad e incluso pueden empeorarla.

El mundo no se cambia con resentimiento ni con violencia; se regenera mediante acciones concretas, sentido común, humildad y responsabilidad compartida. Nuestra propuesta parte del camino inverso: regenerar de adentro hacia afuera, desde la convicción y la acción, promoviendo el cuidado, la reciprocidad, el Buen Vivir, la armonía y la complementariedad.

Nadie puede hacer este trabajo solo. Los pueblos indígenas no pretendemos tener la verdad absoluta, ni podemos regenerar el planeta de manera aislada. Necesitamos cocrear una nueva semilla junto a todas las culturas, profesiones y visiones del mundo.

Los puentes del “Buen Vivir”

En este tiempo de Pachamama, la invitación es a mirarnos a los ojos con respeto y confianza, integrando la sabiduría ancestral con la ciencia y las metas globales. Esto implica incorporar el Quíntuple Impacto y medir nuestro andar no solo en términos económicos, sino también sociales, ecológicos, interculturales y espirituales. Supone, además, articular los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) con los Objetivos del Buen Vivir (OBV), vinculando las metas globales con las aspiraciones de nuestros pueblos.

Este camino también exige neutralizar los fundamentalismos y reemplazar el encono y los prejuicios por una interculturalidad franca, capaz de albergar “un mundo donde quepan muchos mundos”.

Al abrir la boca de la Tierra en este agosto para convidarle nuestras ofrendas —las hojas de coca, los alimentos, la chicha y nuestra gratitud—, le pedimos también que nos ayude a limpiar el corazón de resentimientos. Le pedimos la serenidad necesaria para comprender la historia, la fuerza para regenerarla en el presente y la claridad para divisar, entre todos, un horizonte de paz y equilibrio.

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