Saberes ancestrales para un futuro compartido

Saberes ancestrales para un futuro compartido

Desde la Puna de los Salares, una reflexión sobre la reciprocidad, el respeto y el diálogo entre saberes ancestrales y contemporáneos para construir futuros más equilibrados y sostenibles.

Por: René Calpanchay, abuelo y líder del Pueblo Atacama, Comunidad de Susques, Puna de los Salares, Jujuy, Argentina

A lo largo de los últimos cinco números, la revista uruguaya SEA nos ha brindado un espejo transparente para mirarnos, reflexionar y reconocernos en la diversidad de nuestros caminos. Este recorrido impreso no ha sido otra cosa que un gran tinkuy —un encuentro— de pensares y sentires que buscan devolverle el sentido a nuestra existencia común. Hoy, con los pies hundidos en la sal blanca y la mirada puesta en el horizonte de la Puna, quiero recoger esos cinco hilos temáticos publicados para trenzar un mensaje de esperanza, práctica y responsabilidad.


En la inmensidad de la Puna de los Salares aprendemos y enseñamos a partir de dos leyes invisibles, pero eternas: la reciprocidad y el respeto. Aquí la vida no se explica con teorías; se practica a través del hacer diario. Este respeto no se agota entre nosotros, los seres humanos, sino que se extiende con profunda devoción hacia todos los seres de los cuales somos parte, tanto en lo material como en lo espiritual.


A este todo vivo, a esta gran casa que late junto a nuestro cuerpo, la llamamos en los Andes Pachamama. Ella nos enseña que el conocimiento más valioso es el que nos marca el corazón a través del instinto y la intuición, para luego ser cobijado, en armonía, por la razón. No al revés. Cuando la mente somete al corazón, el mundo se enferma; cuando la razón sirve al sentir, la vida florece en equilibrio.


Esta manera de caminar sintiendo es la que nos ha permitido valorar y mantener, por miles de años, la complementariedad en uno de los desiertos más inhóspitos del mundo, logrando allí ser verdaderamente felices. Somos hijos de cazadores-recolectores, transhumantes, arrieros caravaneros, artistas, artesanos y comerciantes del cambalache o del trueque.


Por más de 14.000 años, nuestros ancestros caminaron estas regiones para intercambiar productos desde el Pacífico hasta el Atlántico —co-creadores del camino milenario del Capricornio— para sobrevivir, pero sobre todo para darle un sentido sagrado a la vida. Estamos profundamente enamorados de nuestra región. Ha sido justamente ese amor milenario el que permitió el cuidado y la conservación de lo que hoy el planeta necesita con urgencia: la energía limpia del sol, el litio y los minerales raros esenciales para almacenar y utilizar la energía global.


Nuestra región ha pasado de ser históricamente etiquetada como una de las más aisladas y “pobres” a convertirse en una de las más codiciadas por su riqueza mineral. Por este motivo, estamos ante la obligación histórica de expresar nuestra mirada.
No nos paramos desde el “no” cerrado a la minería; esa sería una postura que esquiva el porvenir. En su lugar, preferimos levantar la pregunta responsable: ¿cómo hacerlo en armonía? ¿Cómo extraer lo que el mundo demanda atendiendo rigurosamente la regeneración de los ciclos del agua y el respeto por la cultura y la participación de los pueblos?


Los saberes ancestrales no compiten con la modernidad. Nuestra visión propone armonizar la experiencia milenaria con la ciencia y la tecnología de la actualidad, centrada en el futuro que debemos co-construir bajo un modelo de quíntuple impacto positivo, donde lo económico, lo social, lo ecológico, lo intercultural y lo espiritual sumen en una escala exponencial.


Los cinco números de la revista SEA nos han demostrado que el diálogo entre realidades distintas no solo es posible, sino urgente, para pasar del ego-sistema al eco-sistema, o multisistema. Que estas páginas sigan siendo el puente para que el instinto guíe nuestras decisiones conscientes y devuelva el equilibrio a la casa común.


Ckausama Kunza (La vida es nuestra y depende de nosotros): cambiar el hacer, con corazón y cerebro propios, y recuperar la dignidad del Buen Vivir.

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