Reimaginar el futuro
América Latina, con su riqueza cultural y recursos, se perfila como un laboratorio clave para innovar hacia el desarrollo sostenible.
Por Lucía Tornero
Los humanos somos criaturas de hábitos, dicen. Quizás estos hábitos, perpetuados sin cuestionar su impacto en el planeta, nos han llevado a una crisis global: cambio climático, desigualdad social y explotación de recursos. ¿Es posible reimaginar nuestra forma de vivir, producir y relacionarnos con el entorno? La respuesta es clara: depende de nosotros. Y el camino está en la innovación.
¿Qué es la innovación? El economista, escritor y emprendedor belga, Gunter Pauli, economista , padre del concepto de la economía azul, relaciona a la innovación con un modelo de negocio. “Si el objetivo es ser ‘el más barato’, se sacrifican salarios dignos, el medio ambiente y el bienestar social. En cambio, si el modelo prioriza generar valor financiero, ecológico y social, la innovación se convierte en un motor de resiliencia y sostenibilidad; es estar al servicio de la población”, asegura. En definitiva, lo traduce en una “decisión que debe tomar la sociedad”: optar entre perpetuar sistemas obsoletos o cambiar vidas y comunidades.

Gunter Pauli, economista, padre del concepto de la economía azul.
En diálogo con SEA, la figura mundialmente reconocida enfatiza el rol de la creatividad a la hora de innovar y ejemplifica con la comunidad cafetera, con la cual ha trabajado muy de cerca. “El café es solamente el 0.2% de la cosecha del cafetero. ¿Y qué hacemos con el resto? Ahí nació toda la cultura que promovemos ya con 6.000 fincas alrededor del mundo, donde somos capaces de cultivar hongos en los desechos de café”. Este tipo de diversificación interna en el ecosistema genera sostenibilidad y valor sin grandes inversiones. Reutilizar, reaprovechar, repensar la manera de hacer las cosas. Innovación.
Entonces, según Pauli, la creatividad, como la de un niño, es central para innovar: libre de prejuicios y con un enfoque colaborativo. “La belleza de un niño es que cuando descubre algo, lo comparte con todo el mundo. Y eso es lo que estamos perdiendo. Por eso para mí, el emprendedor para el bien común es la persona que ha logrado despertar el niño en sí, aquel que no tiene miedo a descubrir ni a lo desconocido. El problema es la educación actual, que mata la creatividad”.
Comparte esta visión Giselle Della Mea, al frente de la empresa B 3Vectores, cuya marca Innodriven trae herramientas para diseñar una nueva economía basada en las leyes de la naturaleza. “Todos nacemos creativos. Pero me encantaría que todas las universidades, las escuelas, incorporen materias de emprendimiento desde la primaria, porque este proceso de generar prototipos, diseñar soluciones, entender el contexto, empatizar, lo tenemos que instalar desde la infancia”. Giselle es especialista en design thinking, o pensamiento de diseño, una disciplina que proporciona un marco para abordar problemas complejos de manera colaborativa y empática. A diferencia de una ciencia exacta, lo que busca el diseño es ir resolviendo con iteraciones y aproximaciones. ¿Puede ponerse al servicio de la innovación? Claro que sí.

Giselle Della Mea, al frente de la empresa B 3Vectores.
“Cuando se piensa en los problemas que tenemos hoy en día, -dicho por el Foro Económico Mundial- de 10 riesgos económicos, 8 son socioambientales. Entonces, lo que más urge es poner toda nuestra creatividad y el design thinking al servicio de soluciones”. Va mucho más allá de centrarse en lo funcional o estético. Entran en juego factores como qué recursos o materiales se emplean en la producción de algo, y en términos sociales, cómo se está impactando a las comunidades: ¿ se está alivianando o resolviendo algún desafío específico que tenga esa comunidad?
Innovación y tecnología, ¿siempre juntas?
Para Nicolás Jodal, ingeniero y empresario uruguayo, co-fundador y CEO de GeneXUS, una empresa de software cuyo actual foco está puesto en la inteligencia artificial, la innovación tiene que ver con hacer posible algo que antes no era posible. “Es lo que llamamos innovación disruptiva: altera las reglas habituales y abre nuevas posibilidades, como lo hicieron el cohete que nos llevó a la Luna o la primera computadora que permitió cálculos a velocidades inimaginables», amplía, con ejemplos bien alineados a su campo de expertise.
Sin embargo, en esta ecuación, ¿la tecnología es una condición sine qua non para innovar? Y más aún, ¿para innovar hacia el desarrollo sostenible? Y aquí se abre el campo de debate. “El planeta se ha metido en una serie de líos relacionados con el ambiente y esto tiene que ver con el aumento de la población del planeta y su impacto. Esto trajo aparejado cambio climático, caída de la biodiversidad, entre muchas otras cosas. El asunto es: ¿Qué podemos hacer? Soy de los que creo que la solución viene con tecnología”, afirma.
Jodal principalmente se enfoca en las posibilidades de la inteligencia artificial, que especialmente este año estuvo en boca de todos y con mucha carga de temor asociado, según el empresario, no debería ser tal. “Va a tener mucho impacto en la sociedad, pero no veo que sea negativo. No estamos al borde de la catástrofe, ni mucho menos”. Asocia este miedo con el nombre elegido para tal tecnología, aunque insiste: “No estamos creando un cerebro humano. No tiene conciencia, no tiene valores”.

Nicolás Jodal, ingeniero y empresario uruguayo, co-fundador y CEO de GeneXUS.
Entonces, ¿cómo la tecnología sirve a la innovación para el desarrollo sostenible? Mayor precisión. Y eso, según el ingeniero, liberará más tierras gracias a que se podrán fabricar alimentos con menos tierras. “Técnicas como la hidroponía permiten cultivar con menos recursos y menos tierra. Holanda es el mayor productor de lechuga del mundo. ¿En qué tierra?, pensaría uno. En espacios reducidos, como edificios de varios pisos”.
“La tecnología es una herramienta poderosa, pero no es el fin en sí mismo”, apunta por otro lado Maca Botta, co-fundadora de Brava, que inició como una empresa social pero hoy es mucho más: trabaja para cerrar la brecha de género y diversidad en las organizaciones. “Yo siempre digo que es como un martillo: la podemos usar para construir una casa o para hacerle daño a alguien. Debemos verla como un medio para potenciar las capacidades humanas, no como un reemplazo”, agrega, con cierta similitud a lo que planteaba Jodal. También coincide bastante en su definición de innovación. “Me gusta pensar en diferentes formas de hacer las cosas. Se habla también de nuevas formas de hacer cosas que ya hacíamos, pero también de encontrar nuevas soluciones o nuevas respuestas a preguntas viejas”.

Maca Botta, co-fundadora de Brava.
El rol de la diversidad
Llevándolo a su área de trabajo y de impacto -la equidad de género- Botta se refiere a pensar en diseñar soluciones disruptivas que desafíen o mitiguen, lo más posibles, los sesgos existentes para fomentar una inclusión genuina.
Innovar no es solamente tecnología, según la especialista, sino que tiene que ver con cambiar estructuras, la cultura, en definitiva. Sin embargo, está convencida de que la verdadera innovación ocurre cuando la tecnología y la humanidad convergen, porque es ahí donde está la clave para tener resultados. “De hecho, en BRAVA diseñamos una herramienta de base tecnológica de análisis de datos colaborativa que nos permite sacar una foto en tiempo real de la organización con la cual estemos trabajando”, señala refiriéndose una metodología innovadora llamada BDI.
La diversidad, entonces, es un eje de extrema relevancia para el desarrollo de sociedades más sostenibles. Y es también una fuente de creatividad, ingrediente indiscutible para la innovación (como bien mencionaban anteriormente Pauli y Della Mea). “De hecho, hay datos que hablan que las empresas con equipos directivos diversos tienen un 38% más de rentabilidad que deriva de la innovación. Porque obviamente, para innovar, cuanto más personas con miradas diferentes, mejor solucionan los mismos problemas y a su vez, generan más valor”.
Entonces, las organizaciones inclusivas tienden a ser más resilientes, más ágiles, más capaces de adaptarse a los cambios, porque tienen una cultura que fomenta la experimentación, valora el error como parte del aprendizaje. “A veces nos enfrentamos a organizaciones donde equivocarse no es una posibilidad, y en esos entornos innovar es imposible. Entonces, partimos de la base de que el error o el fracaso es un ingrediente fundamental para poder innovar, para poder crear, para poder traer propuestas de valor. Por lo tanto, ese círculo virtuoso entre diversidad, inclusión e innovación es lo que realmente diferencia a las empresas y las hace verdaderamente competitivas y sostenibles”, concluye.
América Latina: territorio para la innovación
La transición hacia un modelo de desarrollo sostenible requiere la integración de tecnología, pensamiento de diseño y diversidad. Cada una de estas dimensiones aporta elementos únicos pero complementarios para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Desde la innovación circular promovida por Gunter Pauli hasta los enfoques inclusivos de Maca Botta, queda claro que la colaboración interdisciplinaria y la integración de valores éticos son fundamentales para generar un impacto positivo duradero.
América Latina, con su abundancia de recursos naturales y su diversidad cultural, está bien posicionada para liderar este cambio. Como lo plantea Giselle Della Mea, que describe a la región como “una olla a presión de problemas sociales y ambientales con una cultura de esperar a que la solución venga desde afuera”, rescata asimismo la cantidad de innovaciones que se dan en contextos de escasez y cómo esto puede ser percibido como una oportunidad a la hora de diseñar soluciones. Iniciativas como «Reimaginando Tijuana», o mismo las ciudades de Medellín y Curitiba, son ejemplos de procesos de rediseño urbanístico aplicando design thinking para la escucha ciudadana. Estas experiencias refuerzan la idea de que la innovación, cuando es inclusiva y orientada al bien común, se convierte en un motor de cambio estructural.
Este planteo se entrelaza con la visión de Gunter Pauli, quien destaca patrones clave en la innovación. “Por un lado, comienza en la periferia. Nada pasa en el centro. Por otro lado, pasar a la acción se hace más rápido y es más necesario en esta periferia”, reflexiona. El problema, según el emprendedor, es que el ser humano plantea que todo se resuelva recién en 2050. “¡Madre mía! Yo no voy a estar en 26 años”, exclama. “Lo que tenemos que visualizar es cómo llegamos a la abundancia. Cuando decimos que somos demasiados, hay una lógica de escasez, que entiendo perfectamente. Pero hoy, ahora y aquí, ¿qué es lo que yo puedo hacer para cambiar la situación?”, nos deja el interrogante.
Alineada a ese pensamiento, y al hablar puntualmente de Latinoamérica, Della Mea insiste: “Nos merecemos pertenecer al mismo sistema de valores de otros países. La innovación sostenible puede ser nuestro camino para construir un futuro más justo y equilibrado”. Junto a Botta, ambas destacan que la región tiene una oportunidad única para aprovechar su riqueza cultural y humana, y destacan que integrar diversidad no solo es una cuestión ética, sino también estratégica. La co-fundadora de BRAVA advierte sobre el riesgo de perpetuar desigualdades a través de sistemas tecnológicos y enfatiza la necesidad de fomentar la participación activa de mujeres y minorías en estos procesos.
“Sé que la tecnología nos ha metido en muchos líos, pero estoy seguro de que también nos va a sacar de ellos”, confía Jodal. ¿Su predicción? Se innovará al punto de que vamos a necesitar menos cantidad de tierras , que hoy en día se utilizan para producir alimentos y energía. “Surgirá una gran oportunidad para devolver esos espacios a la naturaleza. El gran debate será decidir entre utilizarlas para actividades humanas o para regenerar ecosistemas y crear áreas de conservación que puedan prosperar sin intervención humana. Personalmente, voto por la segunda”.