¿Qué nos enseña la naturaleza sobre cuándo es tiempo de partir?
Por: Fiona Wilton
Los movimientos migratorios del mundo natural revelan ciclos de adaptación, continuidad y equilibrio que trascienden generaciones.
Cada año, miles de millones de animales emprenden migraciones extraordinarias a través de terrenos escarpados, océanos abiertos y cielos sin límites. No todos los viajes son circulares. Algunos viajeros se van y nunca regresan; otros completan sus recorridos a través de sus descendientes.
La libélula planeadora errante, o globe skimmer, vuela estacionalmente desde la India hasta África Oriental, cruzando el océano Índico en la migración más larga de cualquier insecto. Su travesía se desarrolla a lo largo de generaciones, siguiendo las lluvias necesarias para reproducirse. ¿Cuándo parten? Leen el cielo y los vientos cambiantes en busca de corredores invisibles que les permitan cruzar el mar.
También en los cielos, los playeritos canela (Calidris subruficollis) recorren más de 30.000 kilómetros cada año. Desde la tundra ártica seca vuelan hacia el sur, deteniéndose en hábitats de pastizal en el camino, hasta alcanzar las lagunas costeras de Uruguay, antes de regresar al norte cuando el verano se desvanece.
Existen muchas señales de que puede ser momento de partir. En tierra, los caribúes emprenden la migración terrestre más extensa en busca de alimento. A medida que las manadas pisan y pastan, aportan nutrientes que permiten el crecimiento de nueva vida vegetal en esos paisajes silvestres.
Bajo las olas, las ballenas francas australes viajan desde las zonas de alimentación antárticas hacia aguas más cálidas frente a Uruguay para aparearse, dar a luz y amamantar a sus crías; rutas que se transmiten a lo largo de generaciones.
En toda la Tierra, en sus mares y cielos, hay travesías valientes en curso: generaciones que hacen sacrificios por las que vendrán, que transportan cultura y cantos, y que sostienen y modelan la vida a su paso.
La naturaleza nos recuerda que la migración suele ser una parte sagrada y necesaria de la vida, nunca un sinónimo de inhumanidad ni de fricción social.