¿Por qué no deberíamos poner la vida en el centro?

¿Por qué no deberíamos poner la vida en el centro?

La vida no necesita ser puesta en el centro, solo reconocida. Cuando dejamos de intentar poner la vida en el centro y empezamos a vernos dentro de ella, todo cambia: la mirada, la acción y el sentido. Y aparece la regeneración.

Por: Matías Kelly e Ignacio Hyland, Cofundadores de Vivarium

Últimamente escuchamos hablar mucho sobre la regeneración. Es un término que nos inspira, pero que a menudo suena lejano o técnico, reservado para especialistas o soñadores. Sin embargo, cuando lo miramos con los ojos de la vida, se vuelve simple, familiar, natural.

Hace poco, en la Semana del Clima en Rosario —la primera en Latinoamérica, en simultáneo con Nueva York y Londres—, compartimos un panel sobre Finanzas para la Naturaleza junto a referentes del ecosistema. Entre ideas sobre inversión y capital natural, surgió una imagen que lo explicó todo: Gaspar Mac, de Nativas, contó cómo le explica su trabajo a su hija, con el ejemplo de una “abejita que va de flor en flor, polinizando la vida”.

Esa escena resume lo esencial. Cada ser toma y aporta a otros en un entramado que en muchas tradiciones se llama interbeing: un estado de inter-ser donde nada está aislado, todo coexiste e influye en lo demás. En esos sistemas, la cooperación genera abundancia. La resiliencia se multiplica. Y la vida, simplemente, crea condiciones propicias para más vida. Quizás ese sea también nuestro desafío como sociedad y como empresas: volver a aprender cómo hacerlo. Dejar de vernos por fuera del ecosistema, para reconocernos inmersos en él.

Dos ideas bastan para empezar:

Estamos en un lugar de vida.

La vida crea condiciones propicias para la vida.

    La primera nos recuerda nuestra pertenencia. No estamos “afuera” observando la naturaleza: somos parte de ella. Dependemos de sus equilibrios, respiramos su aire, bebemos su agua, nos movemos dentro de su sistema.

    La segunda nos revela su sabiduría: la vida no se sostiene por control o fuerza, sino por cooperación y retroalimentación. Es un sistema que aprende, adapta y evoluciona a partir de la diversidad y la interdependencia.

    En los últimos años se volvió común la expresión “poner la vida en el centro”. Es una idea noble, pero encierra una paradoja. Cuando intentamos colocarla allí, seguimos siendo nosotros quienes deciden qué ocupa ese lugar. Seguimos siendo el centro. Pero la vida ya está en el centro. Siempre lo estuvo.

    Reconocerlo cambia nuestra forma de mirar. Nos saca del antropocentrismo y nos devuelve a la conciencia de ser parte de algo mayor. Las implicancias de observar y asentir a la realidad tal como es, nos llevan no solo a una situación de aceptación, sino también de humildad. Desde esa humildad, que no es pasividad, sino comprensión profunda, podemos volver a observar la realidad e iniciar un camino de regeneración. No se trata, entonces, de decidir qué poner en el centro, sino de entender dónde estamos. En Vivarium, decimos que estamos en un Vivarium: “un lugar de vida (place of life)”.

    Cuando una organización asume esa perspectiva, algo se transforma. Deja de ver el impacto como un área o un reporte. El negocio, el impacto y la narrativa se entrelazan y se sostienen por un centro común: los valores. Creemos que todas las empresas —como los ecosistemas— son organismos vivos. Y como tales, pueden sanar y regenerarse. En nuestra experiencia, cuando las organizaciones integran el impacto en el corazón del modelo de negocio, emergen nuevas formas de valor: reputación, confianza, diferenciación, eficiencia y, sobre todo, sentido.

    Porque la verdadera transformación no empieza afuera, sino adentro. Y cuando esta mirada se activa dentro de una organización, todo cambia. Solo tenemos que permitirnos observarla, aprender sus trucos y ponernos a su servicio… Ese es, quizás, el verdadero camino de la regeneración.

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