Ostentar naturaleza

 

Por Nicolás Barriola y Natalia Costa Rugnitz

A la gran mayoría de quienes nacimos en la segunda mitad del siglo XX, nos han quedado grabadas escenas y slogans propios de la sociedad de consumo del momento. Las imágenes de mujeres y hombres vestidos con prendas confeccionadas en base a pieles de animales exóticos y/o en vías de extinción son de las más sugestivas.

 

Hoy, con cierta distancia histórica y en virtud no del acaso sino de la actitud crítica y reflexiva, somos capaces de comprender que gestos de esta clase —como tantos otros que, observados en perspectiva, podríamos denominar sintomáticos e inconscientes—, remiten a una ostentación no sólo económica, sino de poder: un alarde que entre sus motivaciones principales tenía la de recordar el lugar “privilegiado” del ser humano como rey de la naturaleza.

 

Sin embargo —y afortunadamente— no menos patentes en nuestra memoria son ciertas reacciones, al principio modestas, pero cada vez más lúcidas y difundidas, que empezaron a dar voz a la indignación, por no decir vergüenza, ante esta circunstancia. Como por ejemplo, las de Brigitte Bardot, cuyos esfuerzos por remediar la situación a la postre forzaron no solo un giro en la moda, sino un vuelco en la sensibilidad general.

 

En 1970, la actriz francesa tomó la decisión de abandonar su carrera de modelo y cantante para dedicarse a la causa. Este compromiso se expresó en los hechos: Bardot fundó, por ejemplo, diversas organizaciones abocadas al propósito durante las décadas de los 70 y 80.

 

En esta nota proponemos resignificar ese motor tan humano de dominar la naturaleza, para pasar a un nuevo nivel que, con todo respaldo, merece ser llamado civilizatorio, de ostentarla tal cual es sin dominarla ni borrar su virginidad y su belleza.

 

La reciente polémica y posterior consulta pública sobre el futuro de Punta Ballena, esa lengua de roca tan viva que se adentra en las costas de Maldonado, es lo que nos impulsa a reflexionar en este sentido. Las preguntas surgen en abundancia. ¿Es razonable antropizar cada centímetro de tierra natural para que unos pocos “afortunados” la puedan disfrutar? ¿O sería más acertado ostentar lo prístino, lo intocado y magnífico, como fuente inagotable de deleite estético, de salud —mental y física— para toda la comunidad?

 

Ya llamamos la atención antes, en nuestra nota Amar no es suficiente, sobre lo destructivos que podemos ser cuando algo nos resulta realmente atractivo. Con Punta Ballena sucede algo de esto. La panorámica aquí es sublime; el horizonte abierto, la inmensidad del mar que vista desde arriba parece aún más vasta; los atardeceres, que quizás sean los mejores de Uruguay. Súmese a esto que el lugar incorpora atractivos patrimoniales y culturales, estos últimos asociados al afincamiento de uno de los artistas más reconocidos de nuestro país -Carlos Paez Vilaró-, en una de las construcciones más icónicas de la costa: Casapueblo.

 

La reacción visceral es un rotundo: “lo quiero todo para mí”.

Pero la invitación que surge de nuestro título no es a ostentar en el sentido literal de la palabra, es decir: exhibir con vanidad y presunción, sino más bien a mostrar orgullosamente algo como un bien preciado que se ofrece sin condiciones a todo aquel que desee aprovechar sus virtudes a cambio de una sola cosa: cuidar y respetar su condición natural. Esto sería una ostentación válida e, incluso, virtuosa.

 

 

Esto puede parecer un oxímoron. El uso popular del término implica la connotación negativa antedicha, al asociarse con la exhibición excesiva de riqueza, logros o cualidades con el propósito de impresionar a los demás. La ostentación, en su valencia más difundida, remite a la vanidad y a la arrogancia. Sin embargo, en algunos contextos específicos, podría haber situaciones donde la ostentación sea interpretada de manera positiva, por ejemplo, si celebra un contexto cultural específico donde la demostración de ciertos logros se impone como algo excepcional y respetable.

 

Precisamente ahí radica el verdadero desafío. Si como sociedad fuésemos capaces de imponernos sobre los impulsos egoístas y nos sintiéramos, al contrario, poderosos por ser dueños de nosotros mismos y gobernar sobre los efluvios inconscientes y primitivos, entonces eso sería un logro digno de ser ostentado. Un motivo de orgullo, en la medida que contiene en su seno un ademán que en general consideramos propio de los seres humanos evolucionados, en el sentido más radical de la palabra.

 

Que la sociedad uruguaya se esté movilizando en bloque para impedir el nefasto movimiento que amenaza con degradar Punta Ballena al estampar sobre lo sublime de su paisaje la nimia marca del narcisismo humano, es sin lugar a dudas un buen signo. Que la conciencia y la voluntad colectiva continúen avanzando. Y, si lo logramos, podremos entonces tenernos a nosotros mismos en alta estima y sentir orgullo de nuestra unión y nuestros valores. Aún estamos a tiempo.



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