Ni vencidos/as ni vencedores/as

Ni vencidos/as ni vencedores/as

En un mundo marcado por la polarización, la inclusión no puede ser un campo de batalla entre ganadores y perdedores. Construir una sociedad equitativa requiere diálogo, apertura y un esfuerzo colectivo que une en lugar de dividir. Porque la diversidad no es una trinchera, sino una riqueza que debemos saber aprovechar.

 

Por Andrés Cikato

 

El proceso de inclusión de una sociedad no debe ser entendido como una competencia entre grupos, ni como una lucha entre “vencidos/as” y “vencedores/as”: no es un terreno donde unos/as ganan y otros/as pierden. Se trata, al contrario, de un esfuerzo común por garantizar que todos y todas tengan la oportunidad de participar plenamente en la sociedad.

 

En un mundo cada vez más fragmentado, el camino hacia una inclusión sistémica, integral y efectiva debe ser, ante todo, un proceso que nos una, no que nos divida. Siendo la diversidad una riqueza invaluable, abordar los desafíos de la inclusión no debe convertirse en un enfrentamiento ideológico ni político. Cuando la diversidad se convierte en un campo de batalla de ideas polarizadas, pueriles y vetustas, se desperdicia energía, las soluciones se alejan y las oportunidades para construir una sociedad inclusiva desaparecen.

 

El deseo de vivir en una comunidad donde, sin importar nuestro origen, género, orientación sexual o discapacidad, tengamos las mismas oportunidades para desarrollarnos y prosperar, supone un acto de genuina y sana evolución individual, de lucidez, claridad, de humana sabiduría y honda conexión con el otro, que, naciendo de la pureza, se transforma en el primer paso hacia una sociedad más inclusiva y equitativa, permitiéndonos salir del oscuro mar de ignorancia.

 

Los retos son enormes. Por ello, alejarse de lo pequeño, lo trivial y lo limitado y buscar la unidad es el único camino sano y honesto para derribar las barreras que nos dividen. Para eso, en lugar de abrazar la polarización que solo alimenta y fortalece aquello contra lo que luchamos, necesitamos fomentar un diálogo útil, constructivo y educado, que permita encontrar soluciones que beneficien a todos/as. La inclusión es un proceso continuo, no un objetivo estático, que requiere de nuestra capacidad de progresar sin caer en las “estafas” de la división y el enfrentamiento.

 

Por eso, el llamado es claro, con megáfono de alta fidelidad y penetrante resonancia: recorramos juntos/as una inclusión auténtica, en la que cada voz sea escuchada, cada diferencia sea respetada y, principalmente, donde el enfoque sea siempre el bien común, estando abiertos para aceptar y comprender las diferentes perspectivas sobre la vida.

 

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