Las postergadas de siempre

Vuelven las clases y se repite una fórmula ya conocida para las personas con discapacidad que tiene que ver con la falta de participación, de oportunidades y la indiferencia.

 

Por Andrés Cikato

Rueda el año escolar una vez más y retornan las oportunidades y expectativas para las personas que están últimas en la fila de la educación: niños y niñas con discapacidad, adolescentes y jóvenes olvidados/as, protagonistas de las circunstancias y juguetes de los contextos… las postergadas.

 

Entretanto, gran parte del mundo se muestra impenetrable, con inviolable certeza de que esta temática que acorrala a la infancia y juventud en la educación no tiene demasiada relevancia. Personas largamente acostumbradas a lograr que se hicieran las cosas como ellos y ellas quisieran, poseídos por la indiferencia, negando todo para crear antagonismo y confusión, para continuar extendiendo el culto a lo perfecto, a lo “normal”, a lo mediocre, en un estado de desatención y falta de disposición, embotadas, empantanadas en su presunción de solidaridad que nada tiene que ver con la realidad.

 

En la mayoría de los casos, la niñez, juventud y adolescencia con discapacidad no gozan de la oportunidad (y el derecho) de estar presentes, de aprender y participar en la educación regular, en la “educación normal”. Y esto no es un problema de un país, sino de todo el mundo. Es un vacío que ha sido abordado a cuentagotas, tomando impulso a principios de este siglo con la educación inclusiva. Según la UNESCO, la educación inclusiva se asume como un proceso en donde se consideran las necesidades de todos los alumnos y alumnas, con el fin de propiciar actividades que posibiliten su participación dentro de los procesos de enseñanza, así como también una disminución de la discriminación.

 

Numerosos autores/as especialistas en educación inclusiva exponen su necesidad en “la mejora sistemática de las instituciones educativas para tratar de eliminar las diversas barreras que restringen la presencia, el aprendizaje y la participación del alumnado en los centros donde son escolarizados, con particular atención en aquellos más vulnerables” y que a partir de entonces, “el movimiento de la inclusión ha surgido con fuerza para hacer frente a los altos índices de exclusión y discriminación y a las desigualdades educativas presentes en la mayoría de los sistemas educativos del mundo”.

 

Pero tan inaceptable como disparatado que parezca, en gran parte del mundo la educación inclusiva no ocurre, como consecuencia de esa indiferencia, de esa actitud embotada y empantanada. Entonces, aquellas personas con discapacidad que se siguen chocando con las puertas cerradas en la educación regular siguen siendo las postergadas de siempre.



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