Las palabras con las que habitamos
El lenguaje no solo describe la realidad: orienta nuestra atención y conserva formas singulares de relacionarnos.
Por: Alessandro Battista Romera
¿Dónde acaba la influencia de nuestro lenguaje y empieza lo real, lo físico, lo material? O, dicho de otro modo, ¿dónde acaba la cultura y empieza la naturaleza?
Leyendo a la botánica Robin Wall Kimmerer, me crucé con un ejemplo del potawatomi, una lengua indígena norteamericana en la que el 70 % de las palabras son verbos. Kimmerer nos presenta la palabra Puhpowee, que nombra la fuerza que hace que los hongos broten de la tierra durante la noche. Resulta sorprendente que el inglés —incluido su lenguaje científico— no disponga de una palabra equivalente.
Explicarla en catorce palabras,como acabamos de hacer, podría cumplir la misma función comunicativa que nombrarla con una sola. Sin embargo, cualquiera que haya intentado traducir una palabra emblemática de su lengua natal sabe que algo se pierde en el proceso. Una lengua es más que un conjunto de palabras; es la huella material y viva de la historia de un pueblo.
¿Y si alguna de estas palabras intraducibles cumpliera un papel importante en nuestra relación con el entorno natural? Puhpowee condensa una comprensión de la realidad como un entramado de energía, movimiento y vida emergente. La terminología que usamos no determina lo que conocemos, pero sí orienta nuestra atención y vuelve algunas dimensiones del mundo más fáciles de percibir y compartir. Cuando perdemos una lengua, perdemos también una manera singular de habitar el planeta que se ha construido a través de múltiples vivencias y memorias. Esa manera de habitar nunca es abstracta, se construye siempre en relación con un lugar concreto.
Por eso, podemos entender la cultura como algo que la naturaleza hace. El lenguaje aparece entonces como parte de lo vivo e influye en nuestra forma de participar en el entramado de procesos y relaciones biológicas, físicas y químicas que sostienen nuestra existencia. Para acercarnos a esta complejidad, el concepto de lugar resulta de gran ayuda: no como un simple escenario, sino como el entorno de aprendizaje y percepción desde el que comprendemos qué significa estar situado y formar parte de esa constante interdependencia. Es ahí donde naturaleza y cultura dejan de aparecer como ámbitos separados para fundirse en uno.
Visto de esta forma, Puhpowee no es solo una palabra, sino la expresión de una forma singular de relacionarse con el entorno. Al orientar aquello que percibimos y nombramos, así como la manera en que coordinamos nuestras acciones, el lenguaje contribuye a configurar esa realidad. Tiene el potencial de estar más o menos alineado con el florecimiento de lo vivo en ese lugar.
Resulta contradictorio diseñar nuestras sociedades como si fueran ajenas a la naturaleza e intentar comprenderla sin reconocer la huella cultural de nuestra mirada. No conocemos primero un mundo para después habitarlo; conocemos desde las relaciones mediante las cuales lo habitamos.