La falsa dicotomía: lo social o lo ambiental (cuando en realidad es lo social y lo ambiental)
La crisis social y la crisis ambiental no compiten: están entrelazadas y solo pueden resolverse con una mirada común e integrada.
Por: Matías Kelly
En los últimos años, el ambiente se convirtió en el gran tema de época. Cambio climático, plásticos, biodiversidad, huella de carbono: el lenguaje ambiental se volvió parte del discurso público, empresarial y hasta publicitario. Y eso, sin dudas, es una buena noticia. Pero también trae un riesgo silencioso: que el auge de lo ambiental termine desplazando, minimizando o “posponiendo” lo social, como si fueran causas separadas o incluso rivales.
La discusión suele presentarse como una competencia por prioridad. ¿Qué es más urgente: el hambre o el calentamiento global? ¿La pobreza o la deforestación? ¿La vivienda o el agua? Pero ese encuadre nos hace mirar el problema con lentes equivocados: una enorme proporción de los desafíos ambientales son, al mismo tiempo, desafíos sociales. El cambio climático desplaza comunidades, la contaminación impacta sobre la salud, la escasez de agua no afecta igual a todos, y la degradación ambiental golpea primero a quienes menos recursos tienen. La crisis climática tiene un apellido: desigualdad.
Por eso, hablar de “agenda ambiental” sin hablar de pobreza, salud, empleo, educación o vivienda es incompleto. Pero también lo es hablar de “agenda social” sin considerar que los sectores populares suelen ser quienes viven más expuestos a basurales, ríos contaminados, falta de infraestructura hídrica, olas de calor, inundaciones o crisis alimentarias. No hay fronteras limpias entre ambas dimensiones: se entrelazan, se retroalimentan, se potencian.
Aquí aparece una idea clave: no hay que elegir una dimensión. Esa búsqueda de “una sola prioridad” suele ser menos una estrategia y más una forma de simplificación. En el fondo, una manera de evitar el esfuerzo que implica pensar en serio. Porque la realidad no funciona en compartimentos: requiere una mirada más amplia, con perspectiva, capaz de integrar variables y admitir que lo importante rara vez entra en una sola categoría.
Dicho más directo: insistir en una sola dimensión —o querer resolver “primero” lo social y “después” lo ambiental (o al revés)— es, muchas veces, pereza intelectual. Es más cómodo. Permite elegir un enemigo, un indicador y un discurso. Pero los problemas reales no se dejan domesticar tan fácil. Se presentan mezclados, superpuestos, encadenados. Y por eso exigen pensamiento más complejo, articulación entre sectores y respuestas integradas.
También es importante sumar la perspectiva de la urgencia. Lo ambiental tiene urgencia científica: hay umbrales que, si se cruzan, no se revierten fácilmente. Pero lo social tiene urgencia humana: hay vidas que no pueden esperar. Hambre, violencia, exclusión, falta de acceso a servicios básicos: todo eso no admite “transición lenta”. El desafío no es correr una carrera entre causas, sino diseñar respuestas integrales, capaces de reducir desigualdades y regenerar condiciones ambientales al mismo tiempo.
Los ejemplos existen y son cercanos. La “Cooperativa Creando Conciencia”, en la provincia de Buenos Aires, construyó un modelo potente de reciclado con inclusión: recupera residuos, reduce impacto ambiental y, al mismo tiempo, genera trabajo digno y formalización para recicladores, transformando además la conciencia comunitaria sobre el consumo y la basura.
Y desde otra geografía y otro sector productivo, la “Cooperativa Coopsol”, integrada por productores de miel en Santiago del Estero, muestra la misma lógica: el desarrollo local puede ir de la mano del cuidado del entorno. Fortalece economías regionales, crea empleo y arraigo, y promueve prácticas productivas conectadas con la sostenibilidad del territorio, donde la biodiversidad no es un tema “de moda”, sino parte del futuro del trabajo y de la comunidad.
En tiempos donde abundan consignas, conviene recordar esto: lo social y lo ambiental no compiten. Separarlos puede ser cómodo, pero es artificial. Integrarlos es más difícil —exige pensar mejor—, pero es mucho más realista. Y, sobre todo, urgente.