La disputa por aprender
Por: María Sofía Muratore
Crédito de imágenes: Blue Busy Hands
La tecnología avanza, pero la educación sigue atrapada en modelos que ya no responden a la realidad.
En un mundo atravesado por transformaciones tecnológicas constantes, la escena educativa parece, en muchos casos, moverse a otro ritmo. Aulas organizadas en filas, docentes al frente, un pizarrón como eje y contenidos que circulan en una única dirección. Más allá de las herramientas que se incorporan, la estructura permanece reconocible. La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿por qué, a pesar de los cambios en la sociedad, el aula continúa siendo, en esencia, la misma?
En América Latina, esta tensión se vuelve aún más evidente. Según el Banco Mundial, más del 50% de los niños de 10 años no logra comprender un texto simple, una cifra que se profundizó tras la pandemia. El acceso a la educación se ha ampliado, pero el acceso al aprendizaje sigue siendo desigual. En ese contexto, la innovación educativa aparece como una necesidad, aunque también como un concepto en disputa.
Durante años, innovar en educación fue casi sinónimo de incorporar tecnología. Sin embargo, desde la práctica, esa asociación resulta limitada. Patricia Johnson, directora y fundadora del colegio Blue by Busy Hands en Punta del Este, plantea que la innovación no depende de los recursos, sino de la forma en que se entiende el aprendizaje. Según explica, innovar implica dejar de concebir la educación como transmisión de contenidos para pensarla como un proceso vivo, relacional y significativo.
Desde su trabajo con la filosofía Reggio Emilia, Johnson sostiene que el cambio comienza cuando el niño es reconocido como protagonista y no como receptor. En ese marco, la calidad de los vínculos, la escucha activa y la intención pedagógica se vuelven centrales. Esta mirada permite entender por qué la tecnología, por sí sola, no transforma: si no hay un cambio en la lógica de enseñanza, el soporte puede variar, pero el modelo permanece.

Directora y fundadora del colegio Blue by Busy Hands en Punta del Este, Uruguay.
Referente en la implementación de la filosofía Reggio Emilia en el país.
La desigualdad que no se ve
En contextos de mayor vulnerabilidad, la discusión sobre innovación adquiere otra profundidad. Guadalupe Oromí, licenciada en Ciencias de la Educación y fundadora del colegio Santa Gema —una escuela creada recientemente en un barrio en contexto de vulnerabilidad en Tigre, Argentina— advierte que uno de los principales problemas no es solo la falta de recursos, sino el acceso desigual a docentes bien formados.
Desde su experiencia, esta diferencia impacta directamente en la calidad de las oportunidades educativas. La posibilidad de innovar no depende únicamente de contar con herramientas, sino de tener profesionales capaces de diseñar experiencias de aprendizaje significativas.

Licenciada en Ciencias de la Educación.
Fundadora del colegio Santa Gema, ubicado en un barrio en contexto de vulnerabilidad en Tigre, Argentina.
Oromí también introduce un matiz que tensiona las ideas más extendidas sobre innovación. Señala que innovar implica revisar la “gramática escolar”, es decir, las formas tradicionales en que se organiza la enseñanza. Sin embargo, aclara que esa revisión no necesariamente conduce a modelos más flexibles.
En contextos de pobreza, explica, muchas veces los estudiantes necesitan mayor estructura, rutinas claras y entornos que brinden previsibilidad. La innovación, en esos casos, no pasa por desarmar todo, sino por construir condiciones que permitan sostener el aprendizaje. Esta perspectiva desplaza la idea de innovación como modelo universal y la acerca a una práctica situada, adaptada a las necesidades concretas de cada comunidad.
La discusión sobre innovación no se agota en la tecnología ni en la organización del aula. También involucra el lugar desde donde se aprende. Francisca Cortés, empresaria, conservacionista y referente en iniciativas de desarrollo integral y sustentable en Chile, plantea que la educación necesita recuperar su vínculo con el territorio y con la naturaleza.
Desde su mirada, la velocidad de la información ha superado la profundidad del aprendizaje, y en ese contexto propone volver a experiencias más conectadas con la vida. Sostiene que la naturaleza no es solo un contenido, sino una forma de comprender el mundo: un sistema donde todo está interrelacionado, donde existen ritmos y equilibrios que también pueden ser leídos pedagógicamente.
Educar desde esta perspectiva implica correrse de un modelo centrado en la acumulación de contenidos y avanzar hacia experiencias donde el aprendizaje se construye a partir del vínculo, la observación y la conciencia del entorno.

Empresaria, conservacionista y filántropa chilena.
Referente en iniciativas de desarrollo integral y sustentable en Chile y la región.
Para Cortés, esta transformación no es solo pedagógica, sino también cultural. La educación, señala, debe pensarse en relación con los desafíos globales y con la necesidad de formar personas capaces de convivir, cuidar y tomar decisiones en contextos complejos.
Desde esta perspectiva, el conocimiento deja de organizarse en compartimentos estancos y pasa a entenderse como parte de un sistema integrado. La educación no solo prepara para el trabajo, sino también para la vida en comunidad y para la construcción de sociedades más sostenibles.
En este escenario, el rol docente también se encuentra en proceso de cambio. Oromí observa que, aunque de manera incipiente, se está produciendo un corrimiento desde un modelo expositivo hacia uno en el que el docente actúa como facilitador de experiencias de aprendizaje.
Este cambio implica que los estudiantes tengan mayor autonomía y recorridos más diversos, mientras que el docente asume un rol más ligado al diseño y la planificación. Según explica, hoy enseñar requiere menos tiempo de exposición y más trabajo previo para construir propuestas que permitan a cada estudiante aprender a su ritmo.
Johnson coincide en este punto al señalar que el docente deja de ser quien transmite certezas para convertirse en quien acompaña procesos, generando condiciones para que el aprendizaje ocurra de manera significativa.
A lo largo de estas miradas, la innovación aparece menos como una tendencia y más como una herramienta. Puede adoptar formas distintas según el contexto, apoyarse en tecnología o prescindir de ella, implicar mayor flexibilidad o mayor estructura. Lo que la define no es el recurso, sino su capacidad de responder a necesidades reales.
La persistencia del pizarrón, en este marco, no es una anomalía, sino una señal de la complejidad del cambio educativo. Transformar la enseñanza no implica únicamente incorporar nuevas herramientas, sino revisar las formas en que se construye el conocimiento, se organizan las aulas y se definen las experiencias de aprendizaje.
Porque, en el fondo, la disputa no es tecnológica.
Es por el sentido de aprender.