La comodidad como riesgo sistémico

La comodidad como riesgo sistémico

Cuando la distancia frente a los problemas reduce la urgencia de actuar, la comodidad puede convertirse en un riesgo para el cambio.

Por: Matías Kelly


Durante años pensamos que los grandes riesgos sistémicos eran externos: una crisis financiera, una pandemia, una guerra, el cambio climático, el colapso energético o la irrupción de nuevas tecnologías. Pero quizás estamos subestimando otro riesgo mucho más silencioso: la comodidad.


No la comodidad entendida como bienestar —algo deseable y profundamente necesario en una región tan desigual como América Latina—, sino la comodidad como desacople. Como capacidad de habitar los problemas sin sentir todavía su urgencia.
Porque el tiempo no está distribuido de manera equitativa.


Para algunas personas, empresas o países, la transición hacia modelos económicos más humanos, regenerativos o sostenibles aparece como una conversación estratégica.


Un proceso gradual. Una agenda. Hay tiempo para evaluar, esperar mejores condiciones, ajustar métricas, discutir regulaciones, revisar costos o proyectar escenarios.


Para otros, en cambio, la transición no es una elección. Es supervivencia.
Y en ese contexto, la conversación sobre inversión de impacto deja de ser únicamente una discusión financiera o reputacional. Se transforma en una pregunta mucho más incómoda: ¿qué problemas consideramos suficientemente urgentes como para movilizar capital hoy y no dentro de diez años?


Mientras algunos debaten la sustentabilidad en auditorios climatizados, otros ya viven las consecuencias de sistemas agotados: economías informales que sostienen millones de vidas, comunidades desplazadas, productores atravesados por eventos climáticos extremos, jóvenes expulsados del mercado laboral, familias enteras endeudadas para sostener consumos básicos o territorios donde acceder al agua dejó de ser algo obvio.


Y quizás ahí exista una de las tensiones más profundas de este tiempo: cuanto menos riesgo sentimos en el cuerpo, más abstractos se vuelven los problemas.


La desigualdad se convierte en estadística. La degradación ambiental, en reporte. La exclusión financiera, en indicador. La fragilidad democrática, en tendencia.


La comodidad no necesariamente genera indiferencia. A veces genera algo más peligroso: lentitud.
Postergamos cambios. Esperamos validaciones. Seguimos consumiendo, produciendo e invirtiendo como si todavía existiera un margen cómodo para reaccionar más adelante. Como si el deterioro siempre fuera a ocurrirles primero a otros.


Parte de la economía global todavía funciona bajo una lógica que premia la extracción rápida y posterga los costos sociales o ambientales hacia el futuro. La inversión de impacto nació, en parte, como un intento de corregir ese desacople temporal: acercar las decisiones financieras a las consecuencias reales que producen.


Pero en América Latina ese “otros” se agota rápido.
Tal vez por eso muchas de las respuestas más innovadoras y resilientes de la región no nacen desde la estabilidad, sino desde la necesidad: cooperativas, redes comunitarias, sistemas de microfinanzas, agricultura regenerativa, empresas sociales, banca ética o vehículos financieros híbridos que emergen no desde la abundancia de recursos, sino desde la urgencia de resolver problemas concretos.


No porque la precariedad sea romántica. Sino porque la urgencia obliga a moverse.
Durante mucho tiempo asociamos el desarrollo con la capacidad de eliminar toda fricción. Sin embargo, quizás una parte del desafío contemporáneo consista justamente en recuperar cierta incomodidad. Volver a sentir proximidad con los efectos reales de nuestras decisiones económicas, empresariales y financieras.


Porque tal vez el mayor riesgo sistémico de nuestro tiempo no sea solamente el colapso ambiental, económico o social. Tal vez sea nuestra extraordinaria capacidad de seguir esperando mientras otros ya no pueden hacerlo.

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