Invertir en preguntas: Dime qué te preguntas y te diré quién eres

 

Por Matías Kelly y Juan Pablo Haupt

 

Hasta la mitad del siglo XX, todas las inversiones se basaban en una sola pregunta: ¿Qué inversión genera más rentabilidad? En 1952, Harry Markowitz, recién graduado en la Universidad de Chicago, publicó un artículo bisagra. Sobre las páginas del Journal of Finance agregó una segunda pregunta sin la cual no tendría sentido la primera: ¿Qué riesgo tiene cada inversión? ¿De qué sirve que la rentabilidad esperada sea muy elevada si la probabilidad de perder todo nuestro dinero también es muy alta? De aquella pregunta nació toda la teoría moderna de carteras que enseña a diversificar las inversiones con activos no correlacionados.

 

Así continuó la historia de las inversiones, esta vez orientada por dos preguntas, hasta comienzos del siglo XXI.

 

Entonces, con la Declaración del Milenio en el 2000 y el acuerdo por los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en 2015, aparecieron nuevas inversiones responsables alineadas con los nuevos compromisos de los países. En esta corriente tomó forma una tercera pregunta en torno a el impacto: ¿De qué sirve una alta rentabilidad y un bajo riesgo si los daños sociales y ambientales son altísimos e insostenibles? ¿Tiene sentido buscar la máxima rentabilidad hoy agotando los recursos de mañana y arriesgando la vida de las generaciones futuras? ¿Por qué debemos preguntarnos solamente por beneficio o el lucro de los accionistas y no por el impacto de los negocios sobre las personas y la naturaleza? Estos cuestionamientos desembocaron en una fórmula superadora de la inversión: «rentabilidad, riesgo e impacto».

 

Amamos las preguntas que te mueven el piso. Creemos que marcan el ritmo del crecimiento en conciencia y el cambio cultural. Por eso, todos los días nos preguntamos cómo podemos poner más dinero al servicio del mundo. De alguna forma, nos dedicamos a conectar inversores que se hacen las tres preguntas (por la rentabilidad, el riesgo y el impacto) con proyectos que nacieron de grandes preguntas (¡y que nunca dejan de preguntarse por su impacto en el mundo!).

 

¿Por ejemplo?

 

Nilus se preguntó cómo terminar con el hambre y garantizar alimentos de calidad a todas las personas vulnerables. Y de esa pregunta surgieron soluciones tecnológicas para llevar los productos alimentarios directos de sus proveedores sin intermediarios y reducir el desperdicio de alimentos.

 

Fibrazo nació en medio de la pandemia, ayudada por las contracciones de otra pregunta: ¿cómo darle a todas las personas de todos los barrios humildes de Latinoamérica Internet de última generación, alta velocidad y sin contratos que aten para que nadie se quede afuera del mundo digital?

 

Zafrán, Recetas Honestas, surgió hace más de 10 años sobre los hombros de una pregunta gigante que se reformula todo el tiempo: ¿Cómo mejorar el mundo a través de una alimentación nutritiva, que regenera la tierra y genere trabajo inclusivo?

 

Xinca elegió preguntarse sobre la moda ¿cómo transformar ese mercado para que produzca ropa y calzado con menor carga ambiental, con más trabajo inclusivo, a un precio más justo, que sea atemporal y sin género?

 

¿Qué preguntas guían tus inversiones? ¿Qué hace tu dinero por el mundo?

 

Quizás la única forma de superar la crisis ambiental y humanitaria de este siglo, de cicatrizar los tejidos sociales y regenerar la biodiversidad, sea llenando el cielo de la luminosa oscuridad de más preguntas.



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