Inclusión: una verdadera revolución

Una invitación a reflexionar sobre la transformación de la percepción hacia la discapacidad, desafiando paradigmas obsoletos.

 

Por Andrés Cikato

Desde hace unos años se viene gestando una verdadera revolución de la inclusión con altavoces potentes, con una fuerza imparable, nutrida de humanismo y justicia, que nos demanda descubrir que todo aquello que pensábamos, ha envejecido.

 

Dar una ojeada al pasado para construir el futuro desde el presente, romper con viejos paradigmas, revalorarnos y reinventarnos, para dejar ir todo aquello que nos ha condicionado y no nos ha dejado observar con claridad: esa es la génesis de una verdadera revolución de la inclusión abordada de un modo sencillo y directo, sin prejuicios, plasmando un movimiento puro y cristalino, libre de tacañerías y egocentrismos.

 

La lucha de las personas con discapacidad para ser reconocidas como sujetos de derecho es de larga data, desde por lo menos mediados del siglo pasado. Su desarrollo envolvió varias batallas sociales y jurídicas, cruzadas culturales que consiguieron “mudar de aire” a la sociedad, transformar visiones y enarbolar actitudes que permitieron reconocer a la discapacidad como una temática del entorno y no de la persona: es la sociedad, en definitiva, la que discapacita.

 

 

Por un lado, entonces, repasar cómo transcurrió el proceso evolutivo del paradigma que explica la discapacidad deviene esencial, fundamental para vislumbrar que la mirada sobre la discapacidad se ha transformado, para bien, para mejor. Por el otro, subrayar que este cambio debe percibirse desde un lugar humano: con ojos y corazón llenos de amor y empatía. Porque nosotros y nosotras, como sociedad, hemos creado a lo largo de los años las barreras y obstáculos que experimentan en forma diaria las personas con discapacidad. Y somos nosotros y nosotras, como sociedad, los que debemos resolverlo. Allí anida una auténtica revolución: una que aspire a una vida donde no se excluya, por ningún motivo, con el deseo de vivir en una sociedad tolerante con las diferencias, con lo distinto y con lo diverso.

 

Entonces, ¿dónde continuar buceando en esta marea de inclusión? La respuesta es clara y concluyente: en la creación y desarrollo de instituciones educativas inclusivas, donde participen y estén presentes todos los niños y todas las niñas, que aprendan en equidad y con igualdad de oportunidades, sin exclusiones ni segregaciones de ningún tipo. Porque hacer de la inclusión en la educación “el pan de cada día” es el primer paso para acabar con algo que nunca debió suceder.

 

Y ello comienza -y se mantiene- cuando cada persona lo dispone en su fuero íntimo: allí brota y florece una verdadera revolución de la inclusión.



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