Energía justa

Energía justa

La transición hacia un nuevo modelo de desarrollo.

 

Por María Sofía Muratore

Diversos factores impulsan el desarrollo de una sociedad, y la energía es uno de los más cruciales. Potencia a las comunidades, permite la creación y crecimiento de industrias, y genera nuevos empleos, lo que promueve cierta prosperidad económica. A diferencia de lo que aún persiste como creencia, la “energía justa” también representa inversión, así como también innovación, inclusión, equidad y la construcción de un planeta más sostenible, pensado por y para las personas.

 

No obstante, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) más de 685 millones de habitantes no tienen acceso a electricidad, y alrededor de 2100 millones de personas necesitan de energía para el desarrollo de sus actividades y supervivencia, y no pueden acceder a otra más que la derivada de combustibles y tecnologías no renovables para realizar sus quehaceres diarios.

 

Al mismo tiempo, el mundo enfrenta una policrisis crónica, resultado de conflictos geopolíticos como la guerra en Ucrania y las disputas en Medio Oriente. La economía fluctuante, la inflación y la paralización de mercados en varios países, especialmente subdesarrollados, agravan la volatilidad y aumentan los precios de la energía. Los países en desarrollo tienen capacidades limitadas para enfrentar esta crisis, lo que provoca racionamiento energético y un aumento de la pobreza.

 

¿Existe una solución? La transición hacia energías renovables se presenta como una respuesta sistémica, segura y asequible, en un momento en el que la mitigación del cambio climático es una prioridad.

 

Según el Banco Mundial (2024), “el consumo de energía representa más de tres cuartas partes de las emisiones de gases de efecto invernadero”. Ante este escenario, estabilizar los precios de la energía requerirá financiar iniciativas de eficiencia energética y soluciones de gran escala en energías renovables, reduciendo así el uso de combustibles fósiles.

 

Procesos de cambios hacia una solución verde

¿A qué nos referimos con transición energética? Ramón Méndez, Director Ejecutivo de la Fundación Ivy y profesor de la Universidad de la República de Uruguay, explica que “implica abandonar el uso de combustibles fósiles en favor de fuentes renovables”. María Laura Serafica, Co-Fundadora de ESG Latinoamérica, agrega que “se trata de un cambio hacia energías que utilizan recursos que podríamos considerar ´infinitos´, como la solar, eólica e hidroeléctrica”.

 

 

Por otro lado, Juan Carlos Villalonga, Director General Consultora M&V, y ex Diputado de la Nación de Argentina, enfatiza y destaca: “La transición energética es un proceso muy radical, y tiene la obligación de realizarse de forma muy veloz en el tiempo. No es como los de otras etapas históricas, como por ejemplo en revoluciones tecnológicas; o incluso, de combustibles, como lo fue el uso del carbón, después la electricidad, o la introducción del petróleo. Visto que esta es una transición que no surge por el descubrimiento de una fuente de energía nueva. Al contrario, es una migración consecuente de una necesidad externa del ambiente”.

 

Juan Carlos Villalonga, Director General Consultora M&V, y ex Diputado de la Nación de Argentina

 

Pero, ¿es fácil lograrlo? María José González, Coordinadora del programa de Hidrógeno  Verde, y Asesora en Unidad Ambiental del Ministerio de Industria, Energía y Minería de Uruguay, señala que el 80% de la energía consumida hoy es fósil. Por lo tanto, la transición a fuentes renovables es un desafío transversal. Destaca cuatro pilares: “El pasaje a fuentes renovables; la eficiencia en el uso de energía; la electrificación con energías renovables; y para aquellos sectores que es difícil bajar las emisiones de efecto invernadero, pasar de Power to X”. ¿Qué quiere decir esto? Convertir la energía renovable en productos sostenibles (la “X”), como por ejemplo: combustibles o materias primas.

 

María José González, Coordinadora del programa de Hidrógeno  Verde, y Asesora en Unidad Ambiental del Ministerio de Industria, Energía y Minería de Uruguay

 

Desafíos de la descarbonización

Juan Carlos explica que la transición energética enfrenta dos grandes retos: poder realizarse en tiempo, ya que la desaceleración debe ser muy rápida; y en forma, visto que la finalidad es lograr eliminar por completo los combustibles fósiles”. María José añade que la complejidad radica en “cómo transicionar armoniosamente la descarbonización”, especialmente en regiones como América Latina, que dependen mayormente de combustibles fósiles, aunque no todos sus países. De hecho, Uruguay está a la vanguardia en la adopción de energías renovables en la región. Según datos del Ministerio de Industria, Energía y Minería, en el primer trimestre del año 2023, el 98% de la energía eléctrica producida en ese país provino de fuentes renovables.

 

Un tercer desafío es la necesidad de financiamiento a gran escala. ¿Por qué? Porque estos proyectos requieren de inversiones significativas y arriesgadas. El Banco Mundial (2024) estima que, por ejemplo, en los países en desarrollo las inversiones deben multiplicarse por siete, hasta alcanzar entre USD 1 billón y USD 2 billones anuales de aquí a 2030 a fin de lograr la transición energética y el acceso universal a la energía.

 

Juan Carlos subraya la necesidad de nuevas tecnologías y la creación de infraestructuras adecuadas. Además, destaca que la descarbonización es un reto en los aspectos regulatorio, político y administrativo, y advierte que el proceso está avanzando más lentamente de lo necesario.

 

 

Falta de conciencia y necesidad de co-creación

A pesar de que el cambio climático es un tema de agenda, María José González considera que aún falta una mayor conciencia sobre cómo un mundo con alto nivel de carbono nos afecta y cómo la energía está vinculada a esa variabilidad climática. “Es un problema que requiere solución tanto del sector público como del privado”, dice. Además, señala que “las soluciones tecnológicas o científicas a menudo son complejas de interpretar y materializar en situaciones reales, lo que pone en desventaja a las pequeñas y medianas empresas”.

 

¿Qué papel juega la medición del consumo en todo esto? María Laura enfatiza en la relevancia de conocer el estado de situación en todo el sector, para poder actuar y realizar acciones de eficiencia energética que permitan reducir el consumo. “Las buenas prácticas de gestión ambiental sugieren reducir y evitar emisiones de carbono, o compensarlas mediante bonos de carbono”, señala.

 

La especialista introduce un tercer actor en la discusión: el ciudadano. “La clave para descarbonizar es cambiar los patrones de consumo individual”. Señala que sólo a través de una educación que fomente la responsabilidad individual y colectiva se podrá lograr este cambio, promoviendo el intercambio de buenas prácticas, y por qué no de incentivos económicos, en toda situación diaria.

 

El papel de las narrativas

Los beneficios de la descarbonización son cada vez más, según destaca Ramón. Señala que no sólo son una solución a los impactos ambientales negativos, sino que a largo plazo resultan en iniciativas más económicas y que, a su vez, permiten la independencia de las tremendas fluctuaciones que suelen tener los commodities energéticos.

 

No obstante, el Índice de Transición Energética (Banco Mundial, 2024) señala que el ritmo de la transición se ha desacelerado en los últimos años, con una tasa de decrecimiento anual compuesto (TCAC) de tres años que desciende hasta el 0,22%, destacando que más allá de la incorporación creciente a nivel mundial de energías limpias, aún no es suficiente para cumplir las metas de eficiencia energética, la electrificación de los sistemas y la adopción de fuentes de energía y combustibles bajos en carbono.

 

Ramón sostiene que es crucial trabajar en una narrativa sólida, basada en evidencia, que demuestre los beneficios ambientales, sociales y económicos de la transición energética. Insiste en que, a pesar de las resistencias, la transición es no solo viable, sino beneficiosa para todos: “Algunos sectores tienen miedo a verse perjudicados, o sienten que podrían perder poder económico al hacer la transición, y en realidad eso es absolutamente falso. En particular con la transición energética, es posible encontrar soluciones ´win-win´ (ganar-ganar), en donde los actores que aparentemente se sentirían perdedores pueden llegar a encontrar un espacio también en la nueva economía, y ser también ganadores”.

 

Por eso señala que hay dos grandes direcciones de trabajo: “Lo primero, trabajar en la construcción de narrativas nacionales; y en segundo lugar, crear el ecosistema transformador. Es decir, generar las condiciones para que el mercado pueda expresarse en el nuevo contexto, y para que pueda, de alguna forma, encontrar a los inversores las condiciones apropiadas para invertir en esta nueva economía”.

 

Transición justa para todos 

En las regiones más vulnerables, por más que cuenten con recursos renovables, la falta de recursos económicos, imposibilita el acceso, directamente, a energía. Por ejemplo, en el Caribe, región que posee abundantes recursos energéticos renovables, el costo promedio de servicio de electricidad es más alto que Estados Unidos, razón de entre USD 0,25 y 0,40 por KWh (Banco Mundial, 2024). El motivo es que para abastecer la región importan combustibles fósiles. De hecho el 90% de la energía es de fuentes no renovables.

 

Una transición justa implica “no dejar a nadie atrás”. La finalidad última debe ser maximizar las oportunidades sociales y económicas de la acción climática, respetando las condiciones de la situación local. María Laura introduce el concepto de comunidades energéticas, y explica que son iniciativas utilizadas en poblaciones vulnerables, o, netamente, rurales donde es complejo el acceso a la red eléctrica. Las comunidades energéticas son entidades jurídicas sin ánimo de lucro, cuyos miembros comparten la producción, distribución y uso de energía renovable a nivel local, ejemplo a través de paneles solares o molinos eólicos.

 

Década de la acción

El mundo está transitando una época en la que, para algunos, ciertas prácticas se están volviendo más “cómodas”, respondiendo especialmente a los avances tecnológicos que hacen que la vida del ser humano sea cada vez más simple. Sin embargo, esto no sucede en aquellas comunidades más vulnerables. Todo lo contrario. El uso y costumbre de falta de compromiso ético de producción y consumo busca ser solventado con regulaciones, y exige en consecuencia financiación de los países desarrollados hacia los más emergentes. Sin embargo, la meta hacia “emisiones netas cero” pareciera no llegar más. Se extienden los plazos, pero las consecuencias ya son visibles, y terminan destruyendo los ecosistemas. Descarbonizar no es la solución definitiva, sino un paso más de esta camino que requiere accionar colectivo y más empático. El planeta necesita un cambio radical de mirada hacia una transición energética, por sobre todo, justa.

 

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