El techo invisible de los cuidados: la doble jornada que sigue frenando el liderazgo femenino

El techo invisible de los cuidados: la doble jornada que sigue frenando el liderazgo femenino

Las responsabilidades familiares aún condicionan el desarrollo profesional de las mujeres.

Por Anabela Aldaz

Cada vez son más las mujeres que estudian, emprenden, ocupan cargos de responsabilidad y lideran organizaciones. Sin embargo, cuando observamos quiénes llegan a las posiciones de mayor poder económico, empresarial o político, la igualdad continúa siendo una promesa inconclusa.

¿Por qué, si las mujeres representan una proporción creciente de la población con educación terciaria y participan activamente en el mercado laboral, siguen siendo minoría en los espacios donde se toman las decisiones?

La respuesta no está únicamente en el llamado “techo de cristal”. Existe una barrera mucho menos visible, pero mucho más determinante: la desigual distribución del trabajo de cuidados.

Mientras el mercado remunera el tiempo dedicado a producir bienes y servicios, millones de horas de trabajo indispensable para sostener la vida permanecen invisibles dentro de los hogares. Entre estas tareas se encuentran el cuidado de niños, personas mayores y personas con discapacidad, la organización de la logística familiar, el acompañamiento de procesos educativos, la administración del hogar y la atención de múltiples necesidades cotidianas. Todas continúan recayendo, de manera desproporcionada, sobre las mujeres.

La consecuencia es una realidad conocida por muchas profesionales y empresarias: la doble jornada laboral.

Al finalizar su trabajo remunerado, comienza un segundo turno, generalmente no reconocido ni remunerado, que consume tiempo, energía y oportunidades. No se trata únicamente de una mayor carga física. Se trata de una carga mental permanente: planificar, anticipar, recordar, organizar y resolver. Es un trabajo invisible que condiciona las posibilidades de desarrollo profesional.

La autonomía económica no depende exclusivamente de tener un empleo o generar ingresos. También depende de disponer del tiempo necesario para capacitarse, innovar, establecer redes profesionales, viajar, aceptar responsabilidades de mayor jerarquía o simplemente permanecer después del horario laboral cuando determinadas posiciones así lo requieren.

Aquí aparece una paradoja que rara vez se menciona.

Muchas organizaciones afirman promover el liderazgo femenino mediante programas de mentoría, formación o desarrollo de carrera. Sin embargo, pocas revisan si las condiciones bajo las cuales se construyen esas carreras son realmente compatibles con la realidad de quienes siguen sosteniendo la mayor parte del trabajo de cuidados.

La igualdad de oportunidades deja de ser real cuando unas personas disponen de varias horas adicionales por día para construir capital profesional, mientras otras deben distribuir ese mismo tiempo entre múltiples responsabilidades familiares.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en incorporar más mujeres a los espacios de decisión, sino también en transformar las condiciones que hoy limitan su permanencia y crecimiento.

La corresponsabilidad se presenta como una de las estrategias más importantes para el desarrollo económico. No es una agenda privada ni exclusivamente familiar. Es una condición para la productividad, la competitividad y el crecimiento sostenible.

Los países que avanzan hacia sistemas integrales de cuidados, licencias parentales compartidas, modalidades de trabajo flexibles y servicios de apoyo no solo mejoran la calidad de vida de las familias. También incrementan la participación laboral femenina, fortalecen el liderazgo empresarial y amplían la base de talento disponible para la economía.

Las empresas también tienen un papel decisivo. La corresponsabilidad no se limita al cumplimiento de obligaciones legales. Implica revisar culturas organizacionales que siguen premiando la disponibilidad absoluta como sinónimo de compromiso, cuando en realidad esa disponibilidad suele estar condicionada por la distribución desigual de las tareas de cuidado.

El liderazgo del siglo XXI exige organizaciones capaces de valorar resultados por encima del presencialismo y de reconocer que el bienestar de las personas constituye una ventaja competitiva.

Uruguay ha avanzado en la construcción del Sistema Nacional Integrado de Cuidados y se ha convertido en un referente regional. Sin embargo, persisten desafíos importantes para consolidar una verdadera redistribución de las responsabilidades de cuidado entre el Estado, el mercado, las comunidades, las familias y, especialmente, entre mujeres y varones.

Mientras el cuidado continúe siendo considerado una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, la igualdad en el liderazgo seguirá teniendo un límite difícil de superar.

El verdadero techo de cristal ya no siempre está en las salas de directorio.

A menudo comienza mucho antes, cuando termina la jornada laboral… y empieza la segunda.

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