El paisaje como patrimonio

“Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”.

Oscar Wilde

 

 

Por Natalia Costa y Nicolas Barriola

 

A propósito de nuestra nota anterior y las repercusiones que giraron en torno al megaproyecto en la carolina Punta Ballena, algunas de las cuales plantean incluso la compra en formato crowdfunding de la misma para preservarla intacta, cabe preguntarnos: ¿Se puede proteger el paisaje? ¿Es importante conservarlo como un patrimonio colectivo? Y, sobre todo: ¿por qué es importante conservarlo?

 

Un paisaje como el de Punta Ballena no es apenas un escenario bucólico para mirar el atardecer. Allí se vive el encuentro con algo que es mucho más grande que uno mismo; algo que suscita la contemplación y la reverencia (independientemente de cualquier credo). Eso es tan valioso como infrecuente. En un lugar como Punta Ballena, recordamos que más allá de los avatares de la rutina cotidiana hay un universo de belleza que nos contiene, nos acoge y, sobre todo, nos ayuda a encontrar sentido en medio de tanto frenesí. El valor del paisaje no radica solo en la belleza de sus formas o en su relevancia para el ecosistema, mucho menos en su precio de mercado, sino también en el impacto profundo que ejerce sobre el ánimo de quienes lo contemplan y, consecuentemente, sobre sus modos de ver la vida y sus hábitos. Y aquí está el punto: entre otras cosas, la cultura está hecha, justamente, de modos de ver la vida y de hábitos, de comportamientos. Por eso el patrimonio natural es también patrimonio cultural.

 

 

A este respecto resulta interesante leer el Convenio Europeo del Paisaje, firmado en Florencia (Italia) el 20 de octubre de 2000 por los países miembros de la CEE. Entre las definiciones que se encuentran allí está la del propio concepto de paisaje: “por «paisaje» se entenderá cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Más adelante, se lee en el mismo documento: “por «política en materia de paisajes» se entenderá la formulación, por parte de las autoridades públicas competentes, de los principios generales, estrategias y directrices que permitan la adopción de medidas específicas con vistas a la protección, gestión y ordenación del paisaje”.

 

El mismo documento reconoce que “el paisaje es un elemento importante de la calidad de vida de las poblaciones en todas partes: en los medios urbanos y rurales, en las zonas degradadas y de gran calidad, en los espacios de reconocida belleza excepcional y en los más cotidianos.”

 

Por otro lado, y en contraste, el estudio del paisaje o la Arquitectura de Paisaje como disciplina cuenta con unas pocas carreras universitarias en América del Sur y, por lo tanto, existe escasa producción intelectual e investigación al respecto. Alcanzan los dedos de la mano para contarlas —cuatro carreras de grado y un puñado de diplomas—y, sin embargo, el turismo receptivo del continente tiene como principal atractivo nuestros paisajes, aquellos que tantas veces se ofrecen a los inversores que sin saberlo —o tal vez a sabiendas—, lo mancillan definitivamente.

 

Quizás sea hora de que nuestro país suscriba a documentos internacionales como el Convenio Europeo del Paisaje. Este convenio, en efecto, entra en escena como una muy buena noticia, en la medida en que hace visible el hecho de que algunos pasos en el camino ya están dados. No es necesario ser pioneros ni desbravar terrenos porque, afortunadamente, hay quienes valoran la circunstancia de un modo semejante al nuestro y han tomado medidas prácticas al respecto. Siendo así, alinearse a estos movimientos que están orientados a donde nosotros mismos también quisiéramos llegar se muestra como un paso tan simple como estratégico. Volviendo a la frase de Wilde: el desafío es reconocer el valor real de las cosas. Y ese es un camino que, felizmente, no es necesario transitar aisladamente.

 

 

 



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