El eco de los Andes: un llamado a la paz desde el sentir
Por René Calpanchay, Pueblo Atacama, Comunidad de Susques, Jujuy, Argentina
Desde la cosmovisión andina, la paz no se firma: se vive en armonía con uno mismo, con la comunidad y con la Pachamama.
Nací y crecí en la Puna, en la tierra sagrada de los Andes, donde el aire frío de la mañana y la inmensidad de los salares nos susurran un secreto antiguo: la paz no es un tratado ni una tregua, sino una melodía que se siente, se piensa y se hace. Para mi gente, la del Pueblo Atacama, la paz es sinónimo de armonía. Es el eco de la vida en equilibrio, donde no hay lugar para la disputa, solo para la complementariedad.
En los Andes vivimos con la certeza de que, para regenerar al ser humano, debemos primero regenerar nuestra espiritualidad, porque ella fija las nuevas conductas de nuestro cuerpo. Esto se logra con la coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos. Ese es el camino para recuperar los valores CO, los que nos enseñan a co-creer, co-crear, a vivir en coherencia y en complementariedad. Son palabras que nos recuerdan que no estamos solos, que somos parte de una comunidad vasta —el universo—, el todo material y espiritual que nosotros llamamos nuestra sagrada Pachamama.
Para reencontrarnos con la paz, sentimos que debemos hacer lo que hicieron nuestros abuelos, los primeros humanos que se atrevieron a convivir en el desierto de Atacama, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar, uno de los lugares más inhóspitos y secos del mundo. Imaginamos que primero contemplaron el territorio al que llegaron y del que formaban parte. Luego, se hicieron una pregunta esencial: ¿podremos sobrevivir, convivir, producir, consumir y darle sentido a la vida aquí? El corazón, desde la intuición, les respondió con un rotundo sí.
Usaron la razón para complementar ese sentir. Observaron a los camélidos y comprendieron sus mensajes: dónde encontrar agua dulce, qué frutos eran comestibles. Los camélidos nos ofrecieron su carne —la única carne roja que no produce colesterol—, y la fibra de llamas y vicuñas —una de las más finas y valiosas del mundo—, que nos dio protección contra el frío. Así entendieron que la naturaleza no solo da, también enseña. Su cosmovisión les permitió valorar la armonía entre lo espiritual y lo material, entre lo ancestral y lo moderno, y de ese modo vivir felices en el territorio elegido.
En los últimos siglos, tras la llegada de Occidente, el miedo y la vergüenza nos silenciaron. Nos colocaron el sello de la lástima, nos usaron como esclavos y nos enfrentaron a los “blancos”. Pero hoy, como comunidad, hemos decidido levantarnos, no para pelear, sino para seguir valorando la sabiduría que guardamos por más de 14.000 años. La misma que nos permite, como decía Einstein, dejar de hacer lo mismo si queremos resultados diferentes.
La paz, para nosotros, es una forma de vida. No se encuentra en los tratados ni en las leyes que obligan a convivir. Está en el sentir de cada uno. Como andinos, creemos que debemos hacernos cargo del tiempo y el espacio que habitamos, con una mirada intercultural y holística. Nuestra tarea es armonizar los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible —que nacen del pensar— con los 3 Objetivos del Buen Vivir: armonía con uno mismo, con las demás culturas y con todos los seres de la naturaleza.
Esto nos permitirá unir la experiencia y sabiduría ancestral con los avances de la ciencia y la tecnología modernas. Nos guiará a regenerar acciones de impacto positivo en lo económico, social, ecológico, intercultural y espiritual.
Desde la quietud de los Andes, mi mensaje a la revista SEA y a ustedes, lectores, es este: “La paz no se encuentra en el cerebro”. La paz está en el sentir que nos conecta con la vida, en el abrazo a la Pachamama y en el eco que resuena en nuestra alma y corazón. Nos recuerda que, antes de pensar, debemos sentir: no para disputarnos por bienes, recursos o ideologías, sino para sumar, sumar y sumar, de modo que las personas ganen, la comunidad gane y la Pachamama gane siempre.