El dinamismo interno de la vida

El dinamismo interno de la vida

La vida es un entramado de vínculos que nos invita, una y otra vez, a reconocer en el amor su motor esencial. Comprender esta dinámica es abrirnos al misterio de la transformación.

Por: Rodrigo Castells

Como hemos compartido a lo largo de los artículos anteriores, la vida es un entramado interconectado, tanto en su dimensión temporal como transtemporal. Ese entramado de vínculos le otorga la posibilidad de ser sostenible. Reconocerlo, vivir conscientes de ello, tomar acciones que lo cuiden y sostengan, y promover los valores que lo hacen posible, es un movimiento tanto espiritual como religioso. Espiritual, porque implica animarse a ver más allá de las cosas o de los hechos en sí, a percibir su trascendencia. Religioso, en cuanto la religión debe cumplir la misión de volver a ligar, de unir, de generar comunión entre los seres.

Cuando hablamos de vida, a mi entender, hablamos esencialmente de la dinámica del amor. El amor es vínculo trascendente. Es una realidad invisible e innegable que nos conecta “con el otro y con lo otro”, tanto en el hoy, como en el ayer y con aquello que esperamos o está por venir. El amor nunca se cierra sobre sí mismo, no es concluyente. Permanece abierto, en una actitud humilde, ante lo nuevo, ante aquello que aún está por venir. Se apoya en lo conocido, en el sí mismo, fruto de una historia, de un camino recorrido. Por eso resulta difícil pensar en un “Ser Trascendente” aislado, solo, único, ya que no habría lugar en él para el dinamismo del amor.

Así como la vida es relación de unión, de comunión, podríamos decir que la muerte es la ruptura de los vínculos que las criaturas, de hecho, establecen entre sí. Recordando el paradigma que subyace en la cultura Magüta o Tikuna: “sostener y multiplicar la vida”, entendemos que toda acción humana que desconoce la realidad de ser criatura ligada a otras criaturas es, inevitablemente, camino de muerte.

El dinamismo del amor está cargado de una misteriosa contradicción: no hay vida sin transformación, sin muerte; no hay plenitud sin renuncia. Dar el paso hacia el vínculo, hacia una relación libre y fecunda, implica un movimiento de donación, de servicio, de gratuidad. Es necesaria una renuncia al yo, al sí mismo desde el cual partimos, para que pueda darse ese movimiento de amor que nos abre a la fecundidad de la vida. El sujeto que se repliega sobre sí mismo se cierra al otro, a lo otro, a todo aquello que es diferente y diverso. El amor reclama la kenosis: ese abajamiento, ese despojo libre y amoroso del sujeto en favor de aquellos otros que lo completan y le dan sentido. En la dinámica del amor, el “yo” encuentra su ser pleno en el “nosotros”.

Dentro de la espiritualidad cristiana y católica, esto mismo se celebra como el centro del testimonio de Jesús, especialmente en el desenlace de su vida, que se conmemora en el sacramento de la eucaristía.

El amor, como constitución de nuestro ser más íntimo en clave comunitaria, es siempre camino de renuncia. Su dinámica es de muerte y resurrección, en términos cristianos. Acoger, contemplar y vivir en este dinamismo del amor es la condición fundamental para cuidar, sostener y plenificar la vida que se nos ha confiado. Como la semilla, que desde lo que es se prepara para transformarse —sin dejar de ser, vinculada a sus ancestros y a todos los tiempos—, así adviene lo nuevo, en y a partir de la relación con los seres y elementos que habitan su contexto.

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