El costo que no figura en la etiqueta

El costo que no figura en la etiqueta

El precio y la rotación constante de prendas ocultan trabajos mal remunerados, saberes en riesgo y territorios que reciben lo que otros descartan.

Por: María Sofía Muratore

Comprar ropa se volvió una acción rápida. La etiqueta informa la composición y el país de fabricación, pero no quiénes intervinieron, cuánto cobraron ni qué ocurrirá después del uso.

Textile Exchange (2025) registró que en 2024 se produjeron 132 millones de toneladas de fibras, un récord. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2025) advirtió que el sector genera 92 millones de toneladas de residuos anuales, el equivalente a un camión de ropa incinerada o enterrada cada segundo.

El desierto de Atacama se convirtió en la imagen más conocida de ese descarte. El Ministerio del Medio Ambiente de Chile (2025) informó un consumo textil de 32 kilos por persona y más de 572.000 toneladas de residuos al año. Chile importa el 92 por ciento de los textiles que vende y recibe más de 123.000 toneladas anuales de ropa usada. Parte termina acumulada en el norte.

Vogue (2025), con datos de The Or Foundation, informó que el mercado de Kantamanto, en Accra, recibe alrededor de 15 millones de prendas usadas por semana y sostiene cerca de 30.000 medios de vida. The Guardian (2025) documentó el incendio de enero.

El trabajo que desaparece

Los basurales son la última parte del problema. La primera aparece cuando el trabajo se diluye detrás del producto. Ernestina Grieben, creadora junto con Roxana Amarilla de Cazadoras de la Luna, lo observa en su vínculo con comunidades artesanas. “Lo que suele quedar invisible es la vida de quien está detrás de la pieza. Vemos su belleza, su técnica y su singularidad, pero muchas veces no vemos la postergación y el olvido en los que todavía viven muchas comunidades artesanas”.

Ernestina Grieben, cofundadora de Cazadoras de la Luna.

Adriana Marina, fundadora de Animaná y Hecho por Nosotros, reconoce el mismo vacío. Marina señaló que ambas organizaciones trabajan con más de 500 artesanos de comunidades andinas, de los cuales aproximadamente un 85 por ciento son mujeres. “Por eso creemos que contar la historia de una prenda no significa añadirle un relato al final: significa reconocer quiénes crearon su valor desde el principio”.

Adriana Marina, fundadora de Animaná y Hecho por Nosotros

En Cazadoras de la Luna, ese origen conduce a los tejidos de vicuña de Laguna Blanca, Catamarca. UNESCO (2024) registró el Chaku, durante el cual las vicuñas fueron arreadas, esquiladas y liberadas. Así se obtiene la fibra sin sacrificar al animal y se conserva un conocimiento ligado al territorio.

Cuando una técnica artesanal se pierde, desaparece más que una manera de tejer. “Un saber artesanal no es simplemente una técnica. Es patrimonio vivo. Es conocimiento acumulado y transmitido entre generaciones; una manera de relacionarse con un territorio, con los recursos locales y con una identidad cultural”, explica Grieben.

En Uruguay, la historia cambia de escala. Montoro explicó que Ruralanas trabaja con más de 150 mujeres rurales y que cada prenda pasa por varios talleres. También enumeró el diseño, la preparación de la lana merino, el hilado, el teñido, el tejido y el control de calidad. “En Ruralanas existe toda una red detrás de cada prenda”.

Virginia Montoro, directora de Ruralanas.

Montoro insiste en que conocer esa red no convierte al producto en una compra solidaria. “Una prenda de Ruralanas no se elige únicamente por su fin social. Se elige porque alguien quiere que forme parte de su vida o porque la considera especial para regalar”. La calidad sigue siendo el punto de partida. La diferencia está en que el precio también permita sostener a quienes la hicieron.

¿Por qué el valor no llega a quien produce?

Muchas comunidades conservan técnicas que el mercado presenta como exclusivas o ancestrales, pero están lejos de los espacios donde sus piezas alcanzan mayor precio. Faltan financiación, información y canales de venta directa. Marina lo explica así: “El resultado es una paradoja: quienes conservan una parte fundamental del patrimonio cultural y de las soluciones sostenibles del sector son, con frecuencia, quienes menos poder tienen para decidir cómo se comercializa y se distribuye ese valor”.

Grieben lleva esa desigualdad al terreno del reconocimiento. “Porque reconocer el objeto sin reconocer a quien lo produce es, de alguna manera, volver a invisibilizarlo”. Poner un nombre, sin embargo, no basta. También hace falta conocer cuánto recibe cada parte de la cadena, acercar a las comunidades a los compradores y sostener relaciones que no terminen con una colección.

Ruralanas intenta resolver esa fragilidad mediante reglas concretas. No trabaja a consignación, procura mantener la continuidad de los pedidos y organiza las tareas con flexibilidad para que las mujeres puedan compatibilizar el trabajo con su vida familiar. “Creemos que el crecimiento de una empresa y el de las personas pueden ir juntos. Cuidar a quienes hacen posible el producto también es una forma de cuidar el producto final”, sostiene Montoro.

En zonas rurales, la continuidad resulta decisiva. Si el oficio no permite vivir, los jóvenes dejan de aprenderlo y la comunidad pierde una fuente de trabajo y parte de su patrimonio.

¿Cómo convertir el conocimiento en una oportunidad?

Conservar una técnica no alcanza si quienes la practican no pueden vivir de ella. En Catamarca, la Ruta del Telar trabaja sobre ese problema. UNESCO (2025) informó que reunió a más de 300 participantes, un 85 por ciento de ellas mujeres. Junto con la formación en el oficio, el programa incorpora herramientas para documentar y comercializar las piezas sin separarlas de su historia y su territorio.

En Perú, el punto de partida fue el descarte. UNESCO (2025) documentó un programa que transformó uniformes fuera de uso en piezas artesanales. Evitó que 30.000 prendas, equivalentes a 6,4 toneladas, llegaran a rellenos sanitarios y generó más de 115.000 dólares para las participantes. El residuo se convirtió en material de trabajo y en una fuente de ingresos.

Los dos casos dejan una pregunta: cómo asegurar que el valor creado llegue a quienes aportaron el conocimiento. Hecho por Nosotros desarrolla un repositorio con inteligencia artificial para registrar técnicas y lenguas nativas bajo control comunitario. La herramienta permite preservar los saberes e identificar a sus autores. Marina lo define así: “Una prenda trazable debería permitirnos saber no sólo de qué materiales está hecha, sino también de dónde viene, quiénes participaron en su elaboración, qué conocimientos y tradiciones contiene y cuánto del valor generado permanece en las comunidades de origen”.

¿Quién se hace cargo del descarte?

Ni Atacama ni Kantamanto se explican solo por decisiones individuales. La ropa llega allí después de decisiones empresariales sobre materiales, cantidades, calidad y precios. Pedirle al consumidor que compre mejor es insuficiente si las prendas son difíciles de reparar, recuperar o reciclar.

El Ministerio del Medio Ambiente de Chile (2025) declaró los textiles como producto prioritario de su Ley de Responsabilidad Extendida del Productor. La medida permitirá fijar metas de recolección y valorización: quien coloca una prenda en el mercado deberá responder también por el final de su vida útil.

Virginia Montoro, directora de Ruralanas.

Antes del basural hay margen para intervenir. Mondesign (2025) registró que Rediseña, creada por Montevideo Shopping y Bureau Giménez, alcanzó su décima edición. Carolina de León Baddouh, gerente de marketing del centro comercial, cuenta que los estudiantes transforman materiales de las marcas. “Hemos visto desde prendas hasta accesorios creados con materiales que probablemente hubieran terminado en vertederos”.

Cuando esos trabajos se exhiben y se venden, el residuo deja de ser una idea lejana. De León Baddouh lo plantea así: “Los centros comerciales tenemos además una oportunidad particular porque somos lugares por los que pasan miles de personas todos los días y nos hemos transformado en un medio de comunicación”. La llegada al público abre una conversación. Marina marca el límite entre esa conversación y el marketing: “Una marca no demuestra que es consciente por la cantidad de veces que utiliza la palabra ‘sostenible’, sino por la calidad de la información que está dispuesta a mostrar y por las decisiones que puede respaldar con evidencia”.

La prueba del tiempo

En una industria acostumbrada a cambiar de lenguaje cada temporada, la sostenibilidad puede convertirse en otra palabra publicitaria. Grieben la somete a una prueba difícil de simular: “La sostenibilidad se puede comunicar, pero sobre todo se puede demostrar en el tiempo”. Montoro coincide: “Creo que una marca lo demuestra, sobre todo, con el tiempo”.

Para ambas, el tiempo se expresa en decisiones que se repiten: mantener los pedidos, respetar los acuerdos, cuidar los recursos y sostener los vínculos con quienes producen, incluso cuando aumentan los costos o cambia la tendencia. Una campaña puede durar una temporada. Una forma consciente de producir debe mantenerse también cuando deja de ser novedad.

Entre la fibra de Laguna Blanca y la ropa abandonada en Atacama existe un recorrido que la etiqueta apenas cuenta. Producir de manera consciente exige mirar cuánto paga quien compra, cuánto reciben quienes hacen la prenda y quién se hace cargo cuando ya nadie la quiere.

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