El calentamiento global, un drama moral

 

Por Luis Castelli

 

La sorpresa no fue llegar a ese lugar que me ha fascinado desde la infancia, sino la evidencia perturbadora de encontrarlo cerrado. Era el segundo día consecutivo que interrumpían el ingreso a la Acrópolis, en Atenas, debido a la ola de calor excesivo que azotaba a toda Europa hace unos meses, con termómetros que alcanzaban y superaban los 43 grados Celsius. La Cruz Roja Griega debió proporcionar botellas de agua y ayudar a las personas que sentían náuseas y mareos. El aire acondicionado del deslumbrante museo arqueológico, ubicado junto a la “roca sagrada”, nos devolvió el aliento. No poder disfrutar de algunos sitios deja de ser una hipótesis para transformarse en una experiencia concreta de las limitaciones que puede imponer el aumento de la temperatura del planeta. Una alerta acerca de lo efímero de algunas de nuestras conquistas y, aunque para muchos resulte una incomodidad momentánea, podría tratarse solo del comienzo.

 

Si hemos tenido la capacidad de imaginar y crear un mundo mejor es gracias a esos hombres que veintitantos siglos atrás nos legaron el valor de la palabra, la ciencia y la idea de la democracia. Quizás el cartel de “cerrado”, debido al calor extremo, sea un llamado de atención de aquella civilización resplandeciente que buscaba unir a todos los hombres del planeta contra su propia barbarie. No olvidemos que los griegos llamaban “hybris” a la desmesura del orgullo y la arrogancia, al exceso de confianza en las propias fuerzas que nos empujan al desastre. Y el ser humano, embriagado por su testarudez, puede ser responsable de su propia tragedia.

 

En julio la temperatura promedio del planeta fue la más elevada jamás registrada y el mar Mediterráneo se ha incendiado de un calor que marcó nuevos récords. Italia, sufrió la ola de calor de “Cerberus”, llamada así por la Sociedad Meteorológica Italiana en referencia al monstruo de tres cabezas que aparece en el Infierno de Dante, seguida por el anticiclón proveniente de África bautizado “Caronte” –el barquero acompañante de las almas al inframundo en la mitología griega–, que elevó las marcas por encima de los 40°C la semana siguiente. El Ministerio de Salud emitió una alerta roja (que significa “riesgo de muerte”) en 27 ciudades, incluidas Roma, Florencia y Bolonia, sitios donde los bienes más requeridos fueron los mini ventiladores, los paraguas y las botellas de agua. En Turpan, China, se registraron 52,2 grados.

 

Según Robert Rohde, experto en cambio climático de la Universidad de Berkeley, las altas temperaturas responden “a la combinación de El Niño y el calentamiento global; y es posible que se presenten días aún más cálidos. Los períodos de calor intenso ocurren dentro de los patrones climáticos naturales pero, a nivel mundial, son cada vez más frecuentes, más intensos y más duraderos”. Tal vez los sucesos climáticos experimentados en forma personal, directa, persuadan sobre la necesidad de tomar conciencia. Sin embargo, la humanidad no reacciona ante ese destino colectivo que enfrenta una emergencia planetaria: aun cuando el clima extremo se está convirtiendo rápidamente en la norma, no alcanza a tener prioridad baja entre los problemas locales e internacionales.

 

 

La comunicación de la crisis ambiental

 

La brecha entre la comprensión científica y pública del cambio climático se atribuye en gran medida a fallas en la comunicación. Jeff Goodell, autor del reciente libro “The Heat Will Kill You First” afirma que “como especie, tendemos a privilegiar lo urgente sobre lo importante y, debido a nuestra historia evolutiva, estamos programados para lidiar con el león que viene del bosque, no para elaborar estrategias sobre cómo salvar nuestra civilización en los próximos cien años”. Está además el síndrome captado tan bien por la película Don’t Look Up: la incapacidad humana para contemplar su propia destrucción. A ello podríamos agregar la eficaz metodología de sembrar la duda –tal como ha sucedido con la industria de los cigarrillos años atrás–, acerca de la veracidad de la ciencia que afirma que la crisis climática tiene origen humano.

 

También ocurre que muchos términos específicos no son entendidos por el público en general: mitigación, adaptación, cero neto, descarbonización, carbono neutralidad, etc., y ello no contribuye a combatir la apatía generalizada frente al cambio climático. Las arrebatos pasionales de activistas consistentes en arrojar salsa de tomate a obras de arte, teñir de negro las aguas de la Fontana di Trevi, o incluso resaltar las ventajas de cruzar el Atlántico a vela, en lugar de hacerlo en un vuelo comercial, en nada han colaborado a una mayor concientización o un cambio de políticas. Por el contrario, crean fastidio en una sociedad saturada de mensajes apocalípticos. Solo para mencionar el fenómeno “Greta” y similares, surgido en algunos colegios, basta decir que las tecnologías digitales, de las que se han valido en las protestas, representan el 4% de la emisión de gases de efecto invernadero: nuestros teléfonos, computadoras, servidores, routers y televisores inteligentes están calentando más el planeta que toda la aviación civil junta.

 

Una política que no convierte las palabras en hechos

 

También existe una desazón y un descreimiento hacia la clase política que, contando con el conocimiento adecuado, ha postergado la resolución de estos temas por décadas, aun cuando los datos científicos independientes que prueban la relación entre las emisiones de gases de efecto invernadero y el calentamiento global son aplastantes. Es cierto que los delegados en cada Cumbre del Clima cargan con las limitaciones propias de sus gobiernos a una negociación compleja, que requiere resolverse por unanimidad. Esa metodología, que puede ser adecuada políticamente, arriba a resultados que carecen del sentido común que requiere la urgencia que declaman. Allí todo se convierte en palabras, no en hechos. O por lo menos no en los hechos necesarios. O quizás la falta de resoluciones adecuadas sea el enmascaramiento de una impotencia. Se trata de un drama moral, una verdadera expresión del “hybris” griego.

Sabemos que la Tierra está 1,2 grados centígrados más caliente que en la era preindustrial y que los científicos más destacados del mundo en meteorología coinciden en afirmar que si superamos la barrera de 1,5 grados las consecuencias podrían ser irreversibles. Sin embargo, en las elecciones que han tenido lugar recientemente en el mundo y en Argentina, los candidatos no han jerarquizado el cambio climático entre sus preocupaciones principales. Se trata de una insensibilidad que se funda esencialmente en la idea de que el problema no les atañe o no es verosímil.

Haber encarnado propuestas del llamado triple impacto (económico, social y ambiental), seguramente les hubiera permitido ganarse la simpatía de un importante sector de la población –sobre todo de los más jóvenes– que, con resignación, encuentran una elección antigua, sin mística ni ilusiones, que impide soñar un país que posee un gigantesco potencial para un desarrollo sostenible. Probablemente la ignorancia de esta oportunidad los ha llevado a considerar que este tipo de propuestas tendrían escasos “likes” y no aumentarían sus votos.

 

Darle precio al carbono

 

Nadie es dueño de la atmósfera, por lo que no hay incentivo alguno en escatimar emisiones que contribuyen al impacto climático. Tal vez, en momentos de apremio, y en tanto consumidores, el mercado pueda ser un instrumento de concientización. Bastaría otorgar un precio al carbono y cobrarlo según las emisiones que provocan las distintas actividades.

Ya sabemos que para evitar los peores impactos de la crisis climática debemos realizar una transición rápida de los combustibles fósiles a energías renovables. Pero considerando que las emisiones de CO2 continúan aumentando, si hubiera voluntad de limitarlas, se podría imponer un impuesto a cada tonelada de gases de efecto invernadero emitido, comenzando por un precio bajo, y haciendo que las alternativas más limpias sean económicamente competitivas. Por aquello de que “si querés disminuir una acción mala, aumenta su precio”, con esta metodología se promoverían actividades, servicios o productos que consumen una menor cantidad de energía y se incentivaría el ahorro energético.  Gravar los bienes que más combustibles fósiles requieren podría ser la forma más rápida de impulsar el movimiento hacia una economía verdaderamente sostenible. Así como contamos con la información nutricional de un producto se podría dar a conocer de qué modo contribuimos, con nuestros consumos o actividades, a resolver o agravar un problema global de consecuencias transgeneracionales. También sería lógico medir la huella de carbono que cada organismo público, cada Ministerio genera, debiendo reportarlo ante la ciudadanía que representan. Eso también sería griego.

Al salir, junto a una figura de mármol de ojos ciegos, leí una frase de la Odisea: “Los dioses tejen desventuras a los hombres para que las generaciones venideras tengan algo que cantar“. Recordé que los científicos aseguran que todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo del clima y me pregunté si las generaciones del futuro cantarán acerca de cómo superamos las desventuras en este siglo. No poder ingresar al lugar donde Platón y Aristóteles pasearon y discutieron con sus discípulos hace 2.500 años es una oportunidad para debatir la primacía de la racionalidad o de la barbarie en el porvenir de nuestra civilización.

 

 



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