Día a día: hacia una práctica cotidiana de la inclusión

Día a día: hacia una práctica cotidiana de la inclusión

Desde la manera en la que hablamos a las prácticas en la escuela o el trabajo, el camino de la inclusión es un proceso colaborativo del cual debe participar toda la sociedad.

 

Por Andrés Cikato

 

¿Cómo sería un mundo en donde no se tuvieran que diferenciar las actividades entre personas con y sin discapacidad? Si adoptáramos la inclusión como una práctica que ni tuviéramos que cuestionar, ¿cuántos serían los beneficios de las actividades en que participan quienes no tienen discapacidad para aquellas que sí la tienen? Innumerables. Consecuentemente, deviene moralmente inexcusable y humanamente ineludible la aplicación de la inclusión en nuestro día a día.

 

El abordaje debe sostenerse con pequeños pasos, a lo mejor comenzando por prestar atención a la temática para descubrir un interés auténtico en las experiencias de los demás, explorando el valor de las vivencias de personas con discapacidad. Ello correrá el velo de nuestras barreras actitudinales, para observar los propios prejuicios respecto a la cuestión trazada. En ese camino se nos manifestará que quizás debamos concentrarnos en la persona, viéndolas no por sus diferencias, sino por sus vivencias y perspectivas.

 

 

Con el lenguaje se puede incluir y las palabras importan. Los términos correctos resultan esenciales al referirnos a una persona con discapacidad, lo correcto es llamarla por su nombre, como a cualquier otro individuo. En caso de que debamos referirnos a la discapacidad: el enunciado correcto es persona con discapacidad.

 

Fomentando y organizando espacios más inclusivos, solidarios y equitativos en el proceso diario del ámbito laboral; introduciendo un ecosistema inclusivo en la escuela donde todas las personas puedan participar y aprender, sintiéndose bienvenidos/as y apreciados/as; expandiendo las relaciones personales para rodearnos con personas con discapacidad: son algunos quehaceres para forjar cotidianamente.

 

Son titánicas las barreras que deben enfrentarse en la vida diaria las personas con discapacidad. Destinando nuestro granito de arena con prácticas periódicas y habituales estaremos abriendo camino para un mejor bienestar, facilitando el reconocimiento integral de sus derechos para una vida sin miedo, con autonomía, en igualdad, con oportunidades de educación y laborales, para una vida digna, como todas las personas.

 

Iniciar la práctica frecuente de la inclusión transformará irremediablemente las circunstancias de millones de personas con o sin discapacidad y fundará una perspectiva de futuro más armoniosa, empática y saludable para las inmediatas generaciones: así, en el día a día, con numerosos granitos de arena, se acaba formando un desierto.

 

 

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