De la abundancia, a la escasez
Verano 2024 en la Amazonía. ¿Es el punto de no retorno un destino inevitable?
Por Rodrigo Castells Daverede
A unos meses de arribar a estos territorios amazónicos hace ya unos 4 años, escribía un artículo para una publicación de los jesuitas, en el que hablaba sobre la abundancia de vida que reside en este bioma. Abundancia de vida que, a su vez, está íntimamente ligada a las culturas que lo habitan. Una abundancia que necesita de una mirada contemplativa para reconocerla presente en una realidad tan frágil y amenazada. Hombres y mujeres de fe, soñadores y buscadores de la vida, unos y otros, se empeñan a la vez en contemplarla a y en generar acciones que cuiden esta abundancia de vida.
En el presente verano amazónico (en este bioma dicha estación está ligada a la frecuencia y volumen de las lluvias, no a las temperaturas que siempre son altas) hemos asistido a uno de los años récord en temperaturas, escasez de precipitaciones y baja del caudal del río Amazonas y sus afluentes. Ligada a dicha situación climática extrema y la pérdida de bosques y el cambio de uso del suelo para ganadería extensiva, agricultura extensiva y cultivos ilícitos, hemos sido testigos del impacto devastador y aterrador de los incendios. Éstos se multiplicaron en número y extensión a lo largo y ancho de todo el bioma.

Las consecuencias más inmediatas y visibles de los mismos se percibieron hasta en lugares tan lejanos como Uruguay y Argentina: lluvia negra y denso humo. Ni hablar que aquí en la Amazonía también se percibieron. Agregando a ello, las dificultades extremas con el transporte (la principal y casi única vía de comunicación es el río y sus afluentes) y la disponibilidad de agua en general y más aún agua apta para consumo humano; dificultades para los cultivos y cosechas. Ambos aspectos fundamentales para la vida impactan de forma directa en la disponibilidad de alimentos, producción, salud y educación.
En el artículo del mes anterior reflexionábamos de la desconexión, desvinculación y quizás hasta indiferencia existente entre los pobladores del sur de Sudamérica con este bioma. Desearíamos que esta triste y angustiante situación con la que nos confrontó la sequía y los incendios puede despertar la conciencia de que el Amazonas no es asunto de otros, sino que es asunto de todos. Involucrarnos con acciones concretas es cada vez más relevante para la vida en el planeta.
Pero a la vez nos enfrentamos a otra dificultad, algunos señalan que estaríamos en el famoso “punto de no retorno”. O sea, la situación ya no tiene marcha atrás. No hay como revertirla. Nos encaminamos entonces a los tiempos catastróficos de la extrema variabilidad climática. Sequías e inundaciones, ciclones y vientos huracanados, subida del nivel de agua del mar y extensos territorios costeros inundados. Abundancia de agua salada y escasez de agua dulce. Bosques desertificados y desiertos mojados…
Ante este panorama, no faltan los desesperanzados, los descreídos que se preguntan si no será puro relato, los paralizados que confundidos no atinan a hacer nada. Se preguntarán algunos, ¿será tan así? Si es tan así, ¿tiene sentido hacer algo? ¿Cuáles son las acciones verdaderamente efectivas? ¿Por qué no bajar los brazos y que se salve quien pueda? ¿De verdad quienes dicen estar haciendo algo, lo hacen o es en gran medida un relato? ¿Acaso el relato ambientalista no se ha ideologizado y politizado?
El relato catastrofista ambiental, acertado o desacertado, más o menos consistente científicamente, puede por momentos no ayudar. Pero, entonces, ¿cuándo y cómo reaccionamos con acciones urgentes y concretas? No tengo la respuesta, pero les guste o lo quieran o no aceptar, estamos ante una gran encrucijada como comunidad humana. Encrucijada que no parece nada simple de sortear. Algunos pocos podrán resguardarse de las consecuencias gracias a sus recursos económicos y sus super-cohetes a marte. A otros nos tocará hacer y rezar junto a los que siempre sufren las consecuencias por vivir en los márgenes de la sociedad.


