Cuando saber no alcanza

Cuando saber no alcanza

La evidencia sobre la crisis ambiental convive con mecanismos mentales que dificultan una respuesta colectiva.

Por: Sol Preusse

Durante siglos, el concepto de economía se alejó de su sentido original. La palabra griega oikonomía hacía referencia a la gestión del hogar orientada al bien común. Sin embargo, distintos contextos históricos desplazaron ese sentido hacia una lógica centrada en el crecimiento ilimitado y la acumulación de riqueza como medidas del éxito.

Desde hace más de doscientos años, el paradigma económico dominante se basa en la extracción, la producción lineal y el consumo, bajo la premisa de que este modelo genera bienestar social. Nuestros sistemas y políticas nacen de esas creencias. Se trata de una lógica tan arraigada en nuestra cultura que terminó convirtiéndose en la normalidad y condicionando nuestra manera de pensar.

Este modelo nos ha llevado a sobrepasar los límites planetarios y a agotar los recursos naturales a un ritmo insostenible. Diversos informes internacionales coinciden en que, si continuamos así, nos acercaremos a umbrales en los que los procesos de degradación se acelerarán y podrían alcanzar puntos de no retorno. Nos encaminamos hacia un colapso climático y ecológico capaz de comprometer incluso la continuidad de nuestra especie en el plazo de dos o tres generaciones.

Pero, a pesar de la evidencia, ¿por qué no actuamos con la urgencia que la situación exige? ¿Alcanza con saber que nos acercamos al colapso para cambiar nuestros hábitos? Todo indica que no. Es como si nuestra mente bloqueara de inmediato estas noticias.

Flavia Broffoni, politóloga y activista ambiental, explora algunos de los mecanismos cognitivos que dificultan nuestra capacidad de actuar. Entre ellos se encuentran la ilusión de permanencia, que nos lleva a creer que las condiciones actuales se mantendrán; la tendencia del cerebro a evitar información conflictiva para conservar energía; y la creencia de que alguien más resolverá el problema.

A esto sumaría que somos criaturas de hábitos y que tendemos a rechazar cualquier información que amenace nuestras costumbres.

Estos mecanismos generan una especie de parálisis colectiva. No surgen necesariamente de la maldad o de la indiferencia, sino del desborde emocional y cognitivo que provoca una realidad difícil de asimilar.

El primer paso es reconocerlo: entender que la información, por sí sola, no siempre alcanza para transformar nuestros hábitos y nuestra manera de actuar.

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