Cuando decimos «él» y «ella»: Buscando un rostro detrás de la pantalla

Cuando decimos «él» y «ella»: Buscando un rostro detrás de la pantalla

Hablar con una inteligencia artificial, hablar de nosotros.

Por: Manuel Sánchez Moll

«Gracias».
La palabra aparece millones de veces al día en conversaciones con inteligencias artificiales. También aparecen saludos, disculpas y despedidas. Hay quienes les piden consejo, quienes les confían una duda y quienes, casi sin advertirlo, utilizan pronombres personales para referirse a ellas. «Él». «Ella». «Ella me ayudó». «Él me respondió».


Sabemos que del otro lado no hay un cuerpo, ni recuerdos, ni una infancia, ni una conciencia capaz de experimentar alegría o tristeza. No hay corazón ni alma.


Y, sin embargo, conversamos.
Quizás porque las máquinas cambiaron. O quizás porque nosotros no.


Los seres humanos siempre hemos tenido una extraña necesidad de encontrar un rostro en las cosas. Las civilizaciones antiguas dieron nombre a los vientos y a los mares. Los navegantes bautizaron sus barcos. Hay quienes hablan con sus automóviles cuando estos se resisten a arrancar y quienes atribuyen personalidad a una guitarra, a una vieja máquina de escribir o a una computadora particularmente caprichosa. Los niños conversan con sus juguetes y los adultos, muchas veces, terminamos atribuyendo intenciones y estados de ánimo a objetos que sabemos que no los tienen.


La inteligencia artificial no inventó esa tendencia. Simplemente la llevó a un territorio nuevo.
Hace ya tres décadas, los investigadores Byron Reeves y Clifford Nass, de la Universidad de Stanford, observaron algo sorprendente: las personas trataban a las computadoras utilizando las mismas reglas sociales que empleaban con otros seres humanos. Eran amables con ellas, reaccionaban emocionalmente ante determinadas voces y les atribuían rasgos de personalidad. No porque creyeran que las máquinas estuvieran vivas, sino porque la necesidad de relacionarnos forma parte de nuestra naturaleza.


La paradoja no está en las máquinas. Está en nosotros.
La historia humana puede leerse, en buena medida, como una sucesión de revoluciones tecnológicas. Durante siglos, las herramientas ampliaron nuestra fuerza física. Más tarde, la Revolución Industrial multiplicó la capacidad de producir y transformó el trabajo, las ciudades y la vida cotidiana. Luego llegaron la electricidad, la radio, la televisión e Internet. Cada innovación modificó hábitos y costumbres, pero ninguna alteró aquello que somos.


El sociólogo Manuel Castells explicó cómo Internet transformó la circulación de la información y nuestra forma de vincularnos. Aprendimos a buscar respuestas en una pantalla. Nos acostumbramos a tener acceso inmediato al conocimiento. La inteligencia artificial parece estar produciendo un cambio más silencioso y, quizás por eso, más íntimo.
Ya no solamente buscamos información. Conversamos con “ella”.


Por primera vez en la historia mantenemos diálogos cotidianos con entidades capaces de responder, argumentar y acompañar una reflexión, pero incapaces de sentir. No conocen la alegría, el miedo ni la nostalgia. No tienen recuerdos, experiencias ni emociones propias. Son una extraordinaria creación humana construida a partir de datos y algoritmos.
Y, aun así, les hablamos como si hubiera alguien del otro lado.
Tal vez porque, en cierto sentido, siempre lo hubo.


No una conciencia escondida dentro de las máquinas, sino nuestra necesidad de ser escuchados. Nuestra tendencia a construir sentido mediante el lenguaje. Nuestra profunda vocación de encuentro.


Las revoluciones tecnológicas suelen presentarse como una historia sobre las máquinas. Sin embargo, terminan siendo una historia sobre las personas. Quizás el hecho más extraordinario de nuestra época no sea que una inteligencia artificial pueda conversar con un ser humano. Quizás sea que, aun sabiendo que detrás de las palabras no hay un rostro ni unos ojos capaces de emocionarse, seguimos comenzando una conversación de la misma manera en que lo hemos hecho durante miles de años.
Esperando, en el fondo, encontrar a alguien del otro lado.

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