Aquí dolió, aquí sanó

Louise Madeira habla de la ambivalencia poética de una cicatriz, que tiene estos dos mensajes. Si lo trasladamos a la economía, ¿cómo podemos ayudar a cicatrizar las heridas de un sistema que, sabemos con certeza, no ha servido a la sociedad y al planeta?

Por Matías Kelly.

 

El sistema económico, tal como lo conocemos, no es sustentable: se sostiene en un consumo desmedido y un crecimiento ilimitado completamente imposible. Debemos aceptar que la actividad humana ya atravesó demasiados límites.

 

La desigualdad lastima el tejido social. Y frente a esto, nos protegemos con la indiferencia, la negación del otro constituye una marca de ciudadanía incompleta, enferma.

 

¿Cómo podemos transformar la economía para que deje de dañar? ¿Cómo revertir esta tendencia destructiva? ¿Cómo ayudamos a la naturaleza a regenerar los ecosistemas y a la aldea global a cicatrizar sus heridas?

 

Somos muchos quienes formamos parte de un movimiento que busca catalizar la transición hacia una nueva economía, basada en energía renovable, donde el residuo es recurso, distributiva e inclusiva; economía que integra el impacto social y/o ambiental al negocio.

 

Como explica (y aplica) el fotógrafo de naturaleza y conservacionista, Matias Romano, regenerar un territorio o ecosistema es un proceso arduo. Recuperar los parches de zonas degradadas supone una enorme labor de reforestación de este ambiente, que requiere tiempo, y mucho trabajo. Se deben aplicar distintas metodologías que ayuden a la recuperación evaluando los métodos más efectivos y adecuados: ordenar el trabajo, plantear etapas de plantación, mantenimiento y evaluación de progresos.

 
 

 

En la naturaleza los microorganismos cumplen funciones primordiales en la regeneración de los suelos. Si contemplamos el invierno en lo vegetal, vemos que suelta el follaje, decrece y logra así llevar la vitalidad a las raíces para fortalecer aquello que lo sostendrá durante los tiempos hostiles. Necesitamos fortalecer las raíces de lo humano para reverdecer. No hay otro modo.

 

Un grupo de cartoneros que hace muchos años se preguntaron por qué eran pobres, y cómo podían solucionarlo, crearon una organización que recibe, identifica y separa residuos industriales y domiciliarios, muele el plástico y produce útiles escolares. Dan trabajo genuino, y colaboran con el ambiente.

 

Una cooperativa en el monte santiagueño que acompaña a familias en la transformación de su actividad económica, permitiendo que se formen en apicultura, instalen colmenas y produzcan miel orgánica, monofloral (de la bella Atamiski) del monte, logran pasar de cocinar el monte para hacer carbón a cuidarlo para hacer miel orgánica.

La bióloga Janine Benyus, especialista en gestión de recursos naturales, expresó esta regla de oro para las culturas regenerativas de manera sucinta y clara: “La vida crea condiciones propicias para la vida”, y regenerar el tejido social requiere de cicatrizantes sociales.

 



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