Animales arrogantes

Simioinglés explora el viaje del HMS Beagle con Darwin, revelando cómo el naturalista transformó nuestra comprensión del mundo. En este texto, el autor de aquella novela reflexiona sobre la evolución ética en un mundo donde la supervivencia parece favorecer al más fuerte, dejando abiertas interrogantes sobre nuestro rumbo como especie.

 

Por Alberto Gallo

 

Cuando me preguntan por qué escribí una novela como Simioinglés*, sobre el viaje del HMS Beagle con Charles Darwin a bordo, suelo contestar que porque no tenía idea del trabajo que me daría. Pero esta es apenas una parte de la verdad. La otra es que cuanto más me involucraba con los hechos, más comprendía que el naturalista había cambiado para siempre la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, había intuido que no aceptaríamos tan a la ligera la idea de ser, simplemente, una especie más. Por ello le llevó veinte años publicar Sobre el origen de las especies.

 

En mi caso, me llevó veinte años investigar la gran aventura de casi cinco años alrededor del mundo (1831—1836), y en algún momento de ese trayecto literario supe, con cierta angustia, que somos la peor de las especies que habitan este pequeño planeta azul. Entendí que estamos sentados sobre una de las ramas del árbol que hemos decidido talar, y donde cada una de las demás especies se encuentran en tantas otras ramas, sumisamente entregadas a nuestra fatal decisión. Este árbol es el “árbol de la vida” que Charles Darwin dibujó en julio de 1837, en la página 36 de su Libreta B. Es un dibujo de apariencia tan simple que parece infantil. Sin embargo, en cada rama, identificó y representó una especie con una letra. Así dejó planteada una verdad muy incómoda que, al menos en teoría, apuntaba entre los ojos del antropocentrismo: todas las especies evolucionamos de un ancestro común. Absolutamente inaceptable en la época. Y como “no hay mejor defensa que un buen ataque”, en la práctica profundizamos la guerra contra todo lo que se cruzara en nuestro camino productivo.

 

En la parte superior, también con letra infantil, Darwin escribió tímidamente:

“I think” (Creo) y empezó a armar el rompecabezas que nos pondría ante el espejo.

Somos un animal más, sí, pero ostentamos el poder. Y lo ejercemos sin piedad.

 

No obstante, también es cierto que en el proceso de escritura de Simioinglés aprendí que con el 1% de ADN que nos diferencia del chimpancé, también hacemos maravillas, y que con ese mínimo porcentaje tal vez podamos, algún día que no puede ser lejano, revertir la situación si logramos bajar nuestros propios decibeles de arrogancia y depredación. En este sentido, la filósofa holandesa Eva Meijer acaba de publicar el libro Animales habladores, donde demuestra con variedad de ejemplos y de experiencias que, aunque no les prestemos atención, muchas especies han estado intentando hablar con nosotros, y que cuando al fin pretendemos comunicarnos con ellas utilizamos las herramientas de nuestra lingüística, sin tomar en cuenta el lenguaje que ya poseen los delfines, los loros, los cuervos, los pulpos, la plantas, la naturaleza misma. Hace unos días un científico uruguayo afirmaba que, si queremos salir de este atolladero climático, tendremos que dialogar y negociar con la naturaleza. Antes, claro, tendremos que entender que no nos pertenece.

 

En ese contexto, cuando subimos a un bote con la determinación de avistar ballenas, el más grande del mundo se acerca a nosotros con la delicadeza de un colibrí, cuidando de no tocar el pequeño bote, cuidándonos. Luego, con gran curiosidad y respeto, asoma un ojo a estribor, pasa por debajo del casco y asoma el otro a babor, hasta que finalmente hacemos contacto visual. En este punto, los humanos concluimos que hemos hecho un avistamiento de ballena exitoso, y acariciamos su cabeza como lo haríamos con un buen perro fiel.

 

Es el premio que le dejamos.

Lo que no sabemos, o en nuestra arrogancia no queremos percibir, es que en realidad es la ballena quien ha decidido hacer un avistamiento de estos humanos diminutos que han llegado hasta su casa, el mar, la mayor extensión habitable del planeta.

 

Muy a menudo me pregunto qué pensaría Charles Darwin acerca del curso que ha tomado su descubrimiento, incluyendo algunas desviaciones inconcebibles como la eugenesia (aplicación de leyes biológicas orientadas a perfeccionar la raza humana), cuya cara más terrible y oscura surgió en la Segunda Guerra Mundial.

 

A menudo me pregunto, sobre todo en épocas como la actual, si esa “descendencia con modificación” de la que habla Darwin al referirse a la evolución, necesariamente implica evolucionar en el sentido de avanzar hacia la ética, o si la “supervivencia del más apto” significa que sobreviva el mejor depredador.

 

No soy biólogo ni antropólogo ni filósofo, sino un escritor atrevido que juega con el pensamiento propio, por lo tanto, no tengo respuestas para esas preguntas. Apenas tengo una novela de ficción basada en hechos reales, que juega con ese microclima a bordo del barco donde viajaba Charles Darwin, y trata de representar allí a toda la humanidad, que en realidad viaja a bordo de un barco mucho mayor: el planeta Tierra, esperando que la próxima tormenta no dé vuelta la nave en el Cabo de Hornos.

 

En todo caso, no deberíamos olvidar que llevamos el timón.

Creo.

 

 

* Simioinglés, Editorial Tusquets.

Tercer premio nacional de literatura.

Premio Bartolomé Hidalgo a la mejor novela del año.



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