Amar no es suficiente

Amamos la naturaleza. Ya sea para contemplarla o habitarla, nos esforzamos por estar cerca de ella. Sin embargo, existe una incómoda paradoja en esta relación: aunque nuestra motivación sea el amor, la antropización del paisaje natural carga un efecto degradante y, no pocas veces, abiertamente destructivo.

Por Nicolás Barriola y Natalia Costa Rugnitz.

 

Amamos la naturaleza. Ya sea para contemplarla o habitarla, nos esforzamos por estar cerca de ella. Sin embargo, existe una incómoda paradoja en esta relación: aunque nuestra motivación sea el amor, la antropización del paisaje natural carga un efecto degradante y, no pocas veces, abiertamente destructivo.

 

Pensemos en la Ciudad de la Costa (Canelones), ese espacio que en algún momento pudimos visitar los fines de semana como escapada de la gran ciudad y que hoy, justamente debido a la intensidad del amor originario, no es otra cosa que lo que describe su nombre: una ciudad, en la costa.

 

Pensemos ahora en los animales: amamos tanto a muchos de ellos que los domesticamos para tenerlos en nuestras casas. Según un reciente artículo de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, el 58% de la biomasa de mamíferos del planeta corresponde a especies domesticadas, el 36% a humanos y apenas el 5.6% a animales silvestres.

 

Ante tales observaciones, surgen preguntas inquietantes: ¿es el amor una especie de arma de destrucción masiva? ¿Estamos agotando los espacios naturales o construyendo un mundo biohomogéneo, y por amor?

 

En vistas de esto, nos vemos ante el desafío de reflexionar sobre el amor y, sobre todo, sobre las formas en que se manifiesta y ejerce.

 

Y al reflexionar surgen ideas iconoclastas, como la que sostiene —en contra de los romances hollywoodenses y cierta clase de literatura—, que amar no es suficiente. El amor es, sí, una de las fuentes de sentido más importantes en la vida humana; pero no es, por sí solo, una solución definitiva ni un justificativo universal. Es necesario «amar bien»: aprender a amar, saber amar.

 

Como sostienen distintas corrientes filosóficas contemporáneas, el sentido de la vida no es algo dado objetivamente, sino algo que cada individuo o colectivo debe encontrar, construir.

 

Al observar la ciudad vislumbramos que hay allí, en efecto, una construcción colectiva de sentido: la ciudad nos congrega, nos hace sentir que pertenecemos, nos enriquece al concentrar focos de cultura. No obstante, la vida urbana, en su forma actual, ha perdido muchas de esas virtudes originarias. El ritmo de vida en la ciudad actual, donde raramente conocemos a nuestros vecinos y a diario sufrimos congestionamientos para llegar a nuestros trabajos, puede ser verdaderamente abrumador. Por eso, muchas veces necesitamos tomarnos un respiro. Y es aquí donde entra la naturaleza, y nuestro amor por ella como un vislumbre de un nuevo sitio donde “construir sentido”.

 

Erich Fromm, en su obra El arte de amar, plantea que el amor es una habilidad que se aprende y se desarrolla, que es un algo que requiere práctica, conocimiento, esfuerzo y sacrificio.

 

En relación al tema que estamos tratando, parece que hemos adquirido ya cierto conocimiento: arrojarnos a la naturaleza, movidos por un amor no mediado por aprendizaje ni sacrificio, en general la daña.

 

Los antiguos griegos sostenían que amar es esencialmente el deseo de unirse a lo bello y hacer que lo bello se multiplique y crezca.

 

Si eso es cierto, para que nuestro acercamiento a la naturaleza se convierta en un verdadero gesto de amor —que aporte sentido a nuestras vidas—, ha de ser un habitar que conspire a favor de ella. Que la haga multiplicarse, crecer. Al parecer, debemos aprender a «amarla bien». Y esto significa, seguramente entre otras cosas, aprender de aquellas ocasiones en las que, al aproximarnos, la destruimos.



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